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SOMOS CÉLULAS DEL MAGNO CUERPO DEL CRISTO
En una reunión de lectores de las Obras
canalizadas por la Mensajera de los Cielos, nuestra amada Mamina, después de
haber considerado en el transcurso de dicho encuentro, las nueve
encarnaciones mesiánicas del Espíritu-Luz en estos valles terrestres, y la
gloriosa culminación de ese EGO o YO SUPERIOR en el Reino de Dios, un hermano
presente hizo una sabia pregunta consistente en esta honda reflexión: “¿Deberemos
hacer el mismo camino que nuestro Mesías Instructor realizó en ciclos de su
desarrollo, para llegar a similar glorioso destino espiritual de una manera
idéntica a la que hizo Él?”….
Dificilísima la incisiva pregunta, y desde ya,
sumamente ardua la respuesta. Vamos a intentarla, advirtiendo que la misma
surge de un pensamiento humano, falible siempre, y, que
asimismo, dicho pensamiento seguramente va a coexistir con muchos otros que den
a la contestación innumerables matices que, sin duda, van a enriquecerla
en sumo grado.
Consideremos ante todo, que estamos tratando un tema abstracto, elevadísimo, que
no tiene connotaciones con el humano sentir y pensar dentro del estrecho
círculo en el cual vivimos y nos movemos en la vida terrenal. De manera, que
sea nuestro primer cuidado el rogar el auxilio de las Inteligencias de los
planos superiores de Conciencia para que iluminen nuestras mentes, inundándolas
de divinas luces. Asimismo, hacer una profunda introspección buscando por la
meditación, el contacto con la partícula Divina que mora en nuestros mundos
internos, emanada del Ego o Yo Superior cuando diera impulso a Su prototipo o
Semejanza, siendo Él la Imagen, tal como nos ilustran las sublimes enseñanzas
de las Obras en “Arpas Eternas” y “Moisés, el vidente del Sinaí” al relatar la
vida excelsa del gran Maestro Antulio. (Capítulo: “El Hierofante Isesi de Säis”).
Así nos encontramos con pasajes de las Obras,
donde sus prístinas luces nos dan como reflejos, una idea de gran ayuda para
dilucidar esa noble inquietud de Conocimiento formulada por un asiduo lector de
las enseñanzas que nos brindan los libros que son la base única e
indestructible de Fraternidad Cristiana Universal.
Vemos en la lectura de una lección emanada de
nuestro Hermano Mayor, Filón de Alejandría, titulada “¡Ay del que está solo!”,
de “Llave de Oro – Siete Portales” los siguientes conceptos que reproducimos en
forma textual:
“El Maestro es el amigo eterno, el eterno
compañero de vuestras vidas. El que os sacó de la nada, se puede decir, de
moléculas perdidas en los montes, en las arenas del desierto, entre las olas
del mar, o de los fangales de la ciénaga. Os sacó de moléculas y os hizo y os
elevó a la altura que ahora tenéis, de Hijos de Dios y seguidores de sus pasos
sobre la Tierra.”
Sopesando cuidadosamente estas palabras dictadas
por ese gran Iniciado en la Ciencia de Dios y de las Almas que es Filón de
Alejandría, entrevemos en las esencias de esos conceptos, un arcano sublime: el
Yo Superior del Divino Maestro, para construir su Cuerpo, fue tomando moléculas
de los reinos de la Naturaleza, a fin de dotarlas de Conciencia para que fueran
partícipes del mismo. Somos células del Cuerpo del Cristo, y por esa razón,
participamos de Su Gloria. Él hizo el camino, y se refundió con la Luz Energía
Increada, formando con Ella un mismo Espíritu, una misma Alma, un solo Corazón.
Siguiendo este razonamiento, nuestros caminos
como seres-células del Cristo, se han cumplido por medio de Él., que dijo en su
personalidad de Yhasua de Nazareth: “¡Cuando Yo sea levantado en alto,
todos los corazones amantes se precipitarán hacia mí! (“Arpas Eternas
– “En el Huerto de las Palmas”).
Ahora bien. Esas moléculas mencionadas
por nuestro amigo y consejero Filón de Alejandría, ¿fueron acaso tomadas al
azar para ser elevadas a la vida consciente? O bien fueran ellas
emanaciones del Maestro a través de su vivir por largas edades y ciclos durante
las etapas cumplidas en su desarrollo evolutivo. Muchas moléculas, así
desprendidas en esas edades trascurridas encarnado como la Semejanza del
YO de ese sublime Espíritu, quedarían esparcidas en las aguas, otras en
la tierra, en el aire o en el fuego, que es luz.
Quizás, las más desarrolladas en vibraciones de
Conciencia, fueron moléculas del Éter, esa sustancia imponderable, la Quinta
Esencia de los preclaros Iniciados de la antigüedad. A su debida hora, en
la infinitud del “espacio-tiempo”, el Ego o Yo Supremo del Espíritu-luz,
recogió esas simientes moleculares, para elevarlas a la vida consciente, que
es en definitiva aquello que expresa con su acento de Iluminado, el querido
Filón de Alejandría.
Tomemos un pequeño fragmento de la grandiosa obra
póstuma que Hilarión de Monte Nebo nos trasmitiera por medio del instrumento
humano elegido por la Ley Divina, nuestra amada Mamina, es decir: “Moisés, el
Vidente del Sinaí”, capítulo “Los Hierofantes de Menfis” y dice así:
“El alto clero egipcio formado tan sólo por
veintiún Hierofantes*, comprendía bien todo el mal que arrastraba a la
humanidad a un abismo, tal como había ocurrido siglos antes en las viejas
civilizaciones: Lemuriana, Atlántica y Sumeriana.”
“Se habían desposado con la Verdad y permanecían
fieles a ella en el secreto de su corazón y en el silencio de las criptas,
porque se sabían impotentes para contener la tremenda marejada de decadencia
moral y espiritual que iba hundiendo a la humanidad.”
*(Nótese que el número 21 resulta ser 3 veces
7)
“Los clarividentes habían percibido en sus
meditaciones la íntima voz de un compañero y aliado que había traspasado el
umbral de la vida física y les llegaba clara y nítida desde la orilla lejana...”
“¡Pthamer, hermano mío!... decía esa voz – Soy
Neferkeré, el último descendiente del Faraón que tanto amaste. Estoy libre
en la inmensidad infinita del Ungido, y te
acompaño desde aquí en la eterna fidelidad a la Suprema Verdad que él
quiso enseñar a los hombres, pero ellos no lo quisieron.”
De las palabras antedichas del espíritu de
Neferkeré, o sea: …estoy libre en la inmensidad infinita del Ungido”… vemos con meridiana claridad que habla del
Magno Cuerpo del Ungido, que es el Cristo, abarcando ese Cuerpo no sólo el
condensado en la materia, sino los distintos estados dimensionales y
vibratorios: Cuerpo Álmico o Mental Superior, Cuerpo
Astral o Etérico (intermediario) con el de materia
densa. Y lo expresa como de infinita inmensidad...
Unos párrafos del capítulo “En el lago Merik” de
“Moisés, el Vidente del Sinaí”, creo que nos dan más ilustración sobre el tema
que tratamos de dilucidar dentro de nuestras ínfimas capacidades. Es cuando el
anciano y sabio Hierofante Amonthep, explica a la Princesa Real de Egipto,
Av-Isis-Thimetis, una visión radiante que ella había tenido inundándola de
felicidad. Reproducimos unos fragmentos de esa plática. Dice el Hierofante: “Debes
saber que en el mundo espiritual no existe el sexo como en los organismos
físicos de los mundos carnales”.
“Allí ni son hombres ni mujeres, sino
Inteligencias. Almas sin cuerpo físico. Si te dijo (se refiere a la visión de
Thimetis): “Soy la madre eterna de todas las madres de los misioneros de la
Verdad que vienen a este mundo”, es por esta razón: Todos los Mesías que rigen
y gobiernan éste y los demás sistemas planetarios visibles desde la Tierra,
fueron sacados de su primitivo estado de “algas marinas con vida y alma
conjunta”, por el que ellos llaman gran Padre Sirio. Y desde ese primitivo
estado les ha seguido en su evolución ascendente durante largas edades, calpas,
ciclos, siglos y años, hasta hacerles llegar con su propio esfuerzo a las
esferas de luz de donde ya no se desciende a la carne nunca jamás. Son
Mesías portadores de la Eterna Ley a los mundos que les son encomendados. Y ese
gran Padre Sirio que ellos llaman, no es un hombre. No tiene cuerpo físico. Es
sólo una Inteligencia radiante más que un sol, y lo mismo puede llamarse padre
que madre porque una y otra denominación tienen el mismo significado:
engendrar, crear, dar vida. A ti, que serás madre de un Enviado Divino, te
aparece como una Madre Eterna para protegerte, para inundarte de amor, de todo
el amor, la comprensión y la luz que has de necesitar para cumplir tu gloriosa
maternidad.”
“¿Has comprendido, hija mía, el sublime misterio
encerrado en tu misión?”…
Hasta aquí llegamos en esta reproducción del
texto antedicho. Dejemos a nuestro Íntimo que procese la magnificencia de las
enseñanzas magistrales de este pasaje de “Moisés, el Vidente del Sinaí”, obra
póstuma de la luminosa Tetralogía que trascribiera al papel, nuestra amada
Mamina, a quién me inclino a llamarla: la Vidente de Neghadá.
¡Oh! Tú, Alejandría, ciudad ilustre construida
sobre la inmortal Neghadá de los sabios Iniciados Kobdas. ¿Acaso no has
vuelto a revivir en las Nuevas Escrituras que son el acervo de Fraternidad
Cristiana Universal? ¿Acaso no sentimos que exalta nuestro ser y reboza el
corazón conmovido por la Presencia Intangible del Cristo surgiendo radiante de
estas Escrituras, dictadas para alumbrar el camino humano en la Nueva Edad que
está naciendo ahora mismo?
Por eso, pienso que vivimos como células dotadas
de Conciencia, dentro del Magno Cuerpo del Cristo que, según Él mismo nos
explica en “Llave de Oro – Siete Portales” (“La Última Alianza”), abarca
doscientos mundos similares al planeta Tierra. Los Setenta Mesías eternamente
unificados en una misma excelsa Luz, son el Cristo.
(Ver en “Arpas Eternas” el capítulo titulado “En
el Monte Hor”)
Repetidos estos grandiosos procesos innumerables
veces, tendremos un pálido reflejo del Orden Cósmico que la Eterna Presencia ha
instituido, desde siempre, para siempre.
Mi más efusivo abrazo fraternal para todos los
hermanos que tratamos con “buena voluntad”, seguir perseverantes las huellas de
Aquél que es la Luz de las almas.
PAZ
ESPERANZA AMOR
Carlosalejandro origen del documento