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SIMÓN
DE CIRENE Y LA CRUZ
“A la
vuelta de un recodo de la calle y cuando ya estaban cerca de la puerta de
Joppe, apareció frente a la comitiva un fornido labriego, alto, esbelto, casi
como un gigante. Traía el azadón al hombro y se apoyaba en un bastón de
encina.”
“Era
Faqui, disfrazado, tal como indicara Judá.
Thirza, que le vio, iba a llamarlo por su nombre para
cerciorarse de que era él, pues su extraña indumentaria hacía dudar a
cualquiera.
Judá se apresuró a decirle:
. Buen hombre, si quieres ganarte unos sextercios,
deja el azadón y ven a cargar el madero de este penado, que no puede andar con
su peso.
. Simón de Cirene para servirte Centurión - le contestó el labriego.
“Algunos de los jueces levantaron su voz de protesta.
. ¡He dicho que aquí mando yo!, volvió a gritar con voz de trueno el hijo de
Quintus Arrius, que parecía sentirse señor del mundo para proteger al
Cristo-Mártir hasta el último momento de su vida.”
“¿Qué pasaría por el alma tierna y nobilísima del Ungido, cuando el Hach- ben
Faqui, su amigo, le tomó la cruz y la cargó sobre su espalda?
Los ojos del Mártir se llenaron de lágrimas y de su corazón de Hijo de Dios,
subió a los cielos este divino pensamiento:
“Te adoro y te bendigo Padre mío, porque han florecido mis rosas de amor
sembradas en la tierra.”
“Libre ya el Maestro de aquel peso excesivo para su endeble y delicada
naturaleza, su cuerpo se irguió de nuevo y continuó caminando al lado de Faqui.
***
Siguiendo con el
tema de este emotivo relato de “Arpas Eternas” en el capítulo titulado “Al
Palacio Asmoneo”, vamos a insertar a continuación un inspirado poema del gran
poeta de Nicaragua, Rubén Darío, que en la composición
de sus estrofas, pareciera haberlas tejido con una urdimbre sutil de lazos de
inocencia, de candor, casi como si se tratara de una égloga pastoril. Llena de
ternura y tomando el argumento del relato evangélico, Rubén Darío se descubre
como un espíritu de la Alianza del Cristo, por su amor reverente al Maestro
Divino. Leamos:
LA QUEJA DEL ESTABLO
Partieron los pastores y los Reyes…
Y el Rey Niño y sus padres partieron
Por la ley bárbara del bandido Herodes,
Ser del diablo…
Entonces, en la triste soledad del establo,
Hablaron, amasando la paja entre los dientes,
Los dulces jumentos, más dulces que las gentes,
Que habían ofrecido sus alientos y vahos
A Aquel que el Universo hizo brotar del caos.
El diálogo era triste, a pesar del aroma
Que les dejara el nido de la Sacra Paloma.
Y el buey decía: “Sé que Él es el Dios de Todo”.
Y la mula: “Es Aquel que nos saca del lodo…”
“¿A quién?” “A todos” “No” “Pues entonces, ¿a quién?
“Al malévolo humano que no nos quiere bien.”
“Tú ves el porvenir”. “Es nuestro don, hermano;
Eso tenemos más que el enemigo humano.
Nuestros ojos tranquilos, que traspasan la aurora,
Saben bien lo que vierte el cáliz de la hora.
Somos mudos para el mundano entendimiento;
Mas nos entiende el sol, la luna, el campo, el viento,
Y alguna vez -ten por seguro- Jesucristo se acordará
Que, siendo niño, nos ha visto.
Pero entre tanto estamos tristes…” “¡No! Contentos”,
Dice un ángel que llega de los vientos
Y que llena al instante de un resplandor divino,
La cabeza del buey, la testa del pollino.
Llegará un día en que la redención que os toca
Brotará hecha relámpagos de la Suprema Boca,
Y en que el alma del buey y la mula, en un cielo
Proporcionado a su dulce y humilde anhelo,
Hallen la recompensa del bíblico servicio
En un sagrado, puro y eternal ejercicio”.
“Pero, entre tanto -dice la mula- aquí, ¿qué haremos?”
“Y aquí -prosiguió el buey- ¿qué premio lograremos?”
Y el Ángel: “¡Oh suaves almas! ¡Oh amables bestias!
¡Aquí no encontraréis sino amargas molestias!
Mas os voy a decir un secreto de Dios,
Que hondamente interesa sólo a vosotros dos:
¡Vosotros, que en Belén fuisteis por nuestra Luz,
Os juntaréis con quien compartiera su Cruz,
Y allá, en el Sacro Empireo, donde os lleve el deseo,
Os llevará a pastar Simón Cirineo!...”
***
Espero que este
bello poema de Rubén Darío, os llegue al corazón.
Refulgente diamante cuyos destellos iluminan las almas en perpetuo recuerdo al
Divino Maestro, a sus fieles amigos como el Príncipe Judá y el Hach-Ben-Faqui,
que cargó con la Cruz del Cristo por todos nosotros:
¡Simón Cirineo! Tu nombre ha quedado así grabado en las mentes y corazones
humanos a través de los siglos, junto al de los otros seres que acompañaron al
Mesías en su final encarnación humana.
¡Un fortísimo abrazo fraternal para todos vosotros!
Pascuas 2010.
Carlosalejandro origen del documento