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LA
PRESENCIA FEMENINA EN LOS TEMPLOS:
Vamos
a tratar un tema de fundamental importancia que generalmente ha sido
soslayado, o bien, no profundizado en concordancia con su magnitud. Esto
es, la presencia de la mujer en los Santuarios y en los Templos de
Divina Sabiduría.
Comencemos
por esta cita que hallamos en el capítulo titulado “Cuando las almas se
encuentran”, de “Cumbres y Llanuras”.
Sucede
durante la visita del apóstol Matheo a su compañero el apóstol Zebeo, que tiene
lugar en el Castillo del lago Merik, en Egipto.
Matheo
narra a Zebeo los avatares de su misión en la lejana Etiopía: “La Princesa
Ifigenia que me ha oído tantas veces referir que en el Templo de Jerusalén y en
los Santuarios Esenios hay viudas y doncellas consagradas de un
modo especial al servicio del Señor, al estudio de los Libros Sagrados y a
los Himnos de la liturgia...”
Estas palabras de Matheo confirman plenamente la
imprescindible presencia femenina en los Santuarios de Divina Sabiduría. La
mujer es la Madre de la humanidad. Por tal excelsa cualidad, Ella tiene la
sublime facultad otorgada por la Ley Eterna, de crear seres en su seno para
continuación del encadenamiento de la vida que la Naturaleza exige para el
estado evolutivo actual. Por tal causa, son ellas las que, cual, sutilísimos
aromas, propagan en los ambientes las energías resultantes de la actividad de
sus hormonas corporales, junto a las vibraciones de sus cuerpos etéricos y mentales. Sumando a todo esto los timbres
singulares de sus voces y el conjunto de sus cualidades en los Himnos y
cánticos de las liturgias, así como la profundidad psíquica de sus oraciones
mentales, y la capacidad de sus condiciones mediumnímicas,
hacen que, aunadas a las potencias varoniles, sean las mujeres imprescindibles
en los Santuarios para las conformaciones plasmáticas de las energías
emanadas desde el mundo espiritual.
De
ahí, que, en la remota antigüedad de los Templos del Egipto de los grandes
Iniciados, que seguían la Tradición de los Flámenes de Lemuria y de los Profetas
Blancos de Atlántida, los coros y danzas sagrados tenían a la mujer como
principal protagonista. (En “Aída”, famosa ópera de Verdi, escuchamos el
canto de la Gran Sacerdotisa, los coros de mujeres y sus danzas rituales
invocando a la Divinidad en el Templo egipcio de Menfis, acompañadas por los
coros de sacerdotes de dicho Templo).
“Moisés,
el Vidente del Sinaí”, capítulo “En Menfis”:
Moisés
junto al Faraón se hallan en el Templo de Sais:
“Y
bajaron a la Cripta que era hermana gemela de la que hemos
visto en el Templo de On”
“Un
mismo genio construyó ambos Templos, dijo de inmediato el Faraón”.
¿No
lo crees así, Osarsip?
“Sí
Faraón, es así. Sólo, que este es más pequeño que el de On, y pareciera ser
Isis el alma que lo anima aun, a pesar de los siglos que cuenta.”
En
estos breves diálogos observamos que la doble vista de gran Iniciado de
Moisés, le permite ver aquello que no capta el Faraón: el Templo de On
cuya construcción de mayor envergadura representa a la Potencia varonil
positiva simbolizada en el nombre de Osiris; mientras que Sais, de menores
proporciones, simboliza a la Potencia pasiva femenina, representada por el
nombre de Isis.
El
Egipto de los grandes Iniciados es un reflejo de la Sabiduría Sagrada conocida
desde antiquísimas edades en la Tierra, como lo son también, las ciclópeas
construcciones de Yucatán en México, Tiahuanaco y Machu Pichu en los altos
Andes, las del Tibet, India y Nepal en los Himalayas,
etc. por nombrar las más conocidas.
“Orígenes
de la Civilización Adámica”, señala clara y detalladamente, que la iluminada
Fraternidad Kobda, poseía a su vez Santuarios de hombres y Santuarios de
mujeres que, separados físicamente, actuaban en común frecuencia de
ondas espirituales y en perfecta simbiosis para una misma y gran
Causa: llevar la Luz Divina a todas las almas de la humanidad.
Fueron
ellas y ellos, las Matriarcas y Patriarcas que acunaron a la actual
civilización en su etapa liminar, la infancia de la humanidad.
Kobdas de los Santuarios de Neghadá, de La Paz y del
Mar Caspio:
¡Loor y Gloria inmarcesible a esos nobilísimos
Hermanos Mayores!
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En
la antiquísima región de Mesopotamia (Caldea y Ur Bau, Irak hoy),
la asistencia femenina estaba bien determinada, e intervenían en las ceremonias
para las Iniciaciones en sus Templos secretos. Dichas Iniciaciones consistían
en superar pruebas de extraordinaria dificultad por los Aspirantes que
deseaban abandonar las ilusiones de los sentidos físicos para alcanzar la
Ilustración. El pueblo de los Drusos que vive mayoritariamente desde hace
siglos en El Líbano y sur de Siria, y en menor medida en Jordania e Israel,
guardan celosamente esos arcanos que nadie que no sea hijo de Druso puede
llegar a conocer. Son monoteístas, adoran por tanto a Dios
Creador único. Creen en las reencarnaciones sucesivas, mediante las cuáles el
espíritu se perfecciona, hasta alcanzar la unificación con el Ser Supremo en la
Luz. Hamsa es la Luz, el Principio.
(En la Iniciación Suprema Drusa, el Aspirante es iluminado y entonces sabe que
la Luz es el Cristo). Mientras que el Muktana
es un misterio que no explican a los profanos. Sus Sabios Iniciados, que nadie
conoce, salvo los máximos dirigentes, dan intervención a sacerdotisas muy
bien preparadas, para asistir a los Aspirantes en las Iniciaciones que tienen
carácter secreto y no son conocidas más que por los Iniciados de ambos sexos.
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En
la Grecia inmortal, el Oráculo lo daba la Pitia o Pitonisa, mujer que dedicaba
su vida a ese ministerio: se le pedía ser virgen y de vida sana. Antes de
contestar las preguntas, la Pitia de Delfos bebía agua de la fuente Castalia “que
se consideraba sagrada” y masticaba hojas de laurel. Existieron varios Oráculos
en Grecia, siendo el más famoso el del Templo dedicado al dios Apolo en la
ciudad de Delfos, en cuyo frontispicio estaba grabada la frase “Conócete a ti
mismo”, que fue la inspiradora de la filosofía de Sócrates. La sensitiva era
colocada en el asiento de un trípode, posiblemente sobre un hoyo excavado a
propósito dentro del Templo. Emperadores, reyes, sabios, jefes militares,
filósofos, y gentes del pueblo, no sólo griegos sino también extranjeros,
acudían allí a pedir consejo y escuchar el Oráculo, que consideraban como
infalible, porque era la respuesta de un dios. Sólo la voz de las Sibilas o
Pitonisas podían ser escuchadas, y sacerdotes de Apolo daban la interpretación
del Oráculo que, muy a menudo, era muy difícil
de comprender.
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“Arpas
Eternas” (capítulo titulado: “Ha nacido un parvulito”
Presentación de Jhasua en el
Templo de Jerusalén:
“Las
doncellas del Templo fueron invitadas para cantar salmos al son de
cítaras y laúdes.”
“Los
catorce sacerdotes esenios con sus veintiún levitas provistos de incensarios de
oro daban vueltas cantando alrededor del Tabernáculo en el preciso momento en
que Joseph y Myriam llegaban al atrio. Una vez realizado el rito de la
purificación, Myriam con su niño en brazos penetró al Templo hasta el sitio
donde era permitido llegar a los seglares. El gran velo del Templo corrido
severamente, no les permitía ver lo que los Sacerdotes y Levitas realizaban
detrás de él en el Sancta Sanctorum.
Las vírgenes en un alto estrado con rejas de bronce,
cantaban el más vibrante salmo de alabanza a Jehová. Y cuando Myriam y
Joseph entregaban las tórtolas del holocausto y Simeón tomaba en sus brazos al
Divino Niño para ofrecerlo a Dios, sin que nadie supiera los motivos, el gran
velo del Templo fue abatido hacia un lado como si un vendaval poderoso hubiese
hecho correr las anillas de plata que lo sostenían en una larga vara del mismo
metal.
“Todos
los presentes sintiéronse sobrecogidos de respeto y admiración, al ver
como una corriente de poderosa afinidad obró lo que podía bien tomarse como una
extraordinaria manifestación espiritual, que ponía de manifiesto la excelsa
grandeza del ser que se ofrecía a Dios en aquel momento.”
“Mientras
tanto, Simeón de Bethel, tenía al niño levantado en alto al pie del altar de
los perfumes y añadía a las frases del ritual aquellas palabras que ha
conservado la tradición: “Ahora Señor, puedes echar polvo en los ojos de tu
siervo porque ellos han visto tu Luz sobre la Tierra.”
“Los
rituales terminaron y todo volvió a su acostumbrada quietud y silencio, pero el
hecho de haberse corrido el velo del Templo sin motivo visible y real,
trascendió a otros de los sacerdotes que no estaban en el secreto, y fue causa
de que el Sanhedrín llamara a una asamblea de consulta sobre cuáles podían ser
los motivos de aquel extraño fenómeno.
Los
unos opinaron que el mismo Moisés había asistido, invisiblemente, a la
celebración de aquel aniversario de una de sus grandes manifestaciones del
oculto poder de que era dueño.
Ante
esta opinión, los sacerdotes de bronce se sentían despechados
de que tal manifestación la hubieran recibido los sacerdotes de cera* en
unión de las vírgenes que cantaron los salmos.”
*(Los sacerdotes esenios que servían en el Templo de
Jerusalén, eran llamados así por los que no eran pertenecientes a la
Fraternidad Esenia que pregonaba el amor fraternal y la libertad de conciencia,
contra el cerrado dogmatismo del Sanhedrín.)
“en
unión de las vírgenes que cantaron los salmos”.
En
esta última frase comprobamos fehacientemente la decisiva impronta de la
presencia femenina en las manifestaciones espirituales en los Templos y
Santuarios. El fenómeno ocurrido con el gran velo del Templo de Jerusalén se
plasmó desde los planos espirituales, utilizando de mediums
a instrumentos humanos de ambos sexos para producir la manifestación en el
plano físico. Hecho éste que confirma la necesaria intervención de un
vehículo o canal físico, para lograr las manifestaciones de orden espiritual en
el plano material.
El
gran velo del Templo de Jerusalén, que encubría al lugar más sagrado del mismo,
tuvo en la vida carnal del Divino Maestro, dos excepcionales manifestaciones:
la que narramos ahora sucedida en la presentación del Niño, y años después
cuando en el mismo momento en que el espíritu excelso del Maestro dejaba su
cuerpo martirizado en la cruz, el velo del Templo de Jerusalén se rasgó por la
mitad, de arriba hacia abajo.
Existe
una tercera que no fue pública, porque sucedió en una visita privada que Jhasua quiso hacer cuando el Templo se encontraba
solitario. Lo podemos leer en el capítulo:
“Jhasua a los veinte años” de “Arpas Eternas”.
“Subió las gradas del recinto en el que se deliberaban
todos los asuntos religiosos y civiles, y se sentó en uno de los estrados.”
“Su gran sensibilidad percibió sensaciones de terror,
de espanto, de desesperada agonía. Un pavoroso hálito de muerte soplaba de
todos lados como un sutil veneno que le penetraba hasta la médula.”
“¡Este es un recinto de matanza y de tortura!, exclamó
desesperado. ¿Cómo ha de encontrarse aquí la suavidad divina del Padre-Amor de
mis sueños?”
“Vio un libro abierto sobre el atril, donde el
sacerdote de turno debió leer en la última reunión. Era el Deuteronomio, o
libro de los secretos atribuido a Moisés.”
Estaba abierto en el capítulo XVII, en cuyos
versículos 3-4 y 5, manda matar a pedradas a todo hebreo, hombre o mujer que
hubiese demostrado veneración a los astros que brillan en el cielo.”
“Y subrayando con el punzón aquellas palabras, puso
una llamada al margen con este interrogante: “¿Cuál es el Moisés iluminado de
Jehová; el que escribió en tablas de piedra “no matarás” o el
que manda matar?”
“Un ventanal se abrió con estrépito, y agitando el
gran velo del Templo, fue a rozar la llama de los cirios que ardían
perennemente ante el Tabernáculo con el Arca de la Alianza.”
“Jhasua no alcanzó a ver
este principio de incendio porque salió precipitadamente a la calle, como si
horrendos fantasmas de muerte y sangre lo persiguieran.”
“Dos ancianos que oraban en la penumbra de un rincón
apartado, comenzaron a dar gritos: ¡El velo arde, el Templo se quema!... Un
hermoso doncel de túnica blanca estaba aquí y debió salir por el ventanal que
se abrió con gran ruido...”
Veamos
ahora una escena sucedida en la Sinagoga llamada de Nehemías, cuando Jhasua visita la biblioteca de la misma para buscar un
documento referido a Moisés, escrito por Caleb, hijo de Jhepone,
para sacar copias del mismo. Esa Casa de Sabiduría y su extenso archivo, era
sostenida y cuidada por el matrimonio formado por Mardocheo
y Hogla.
El
marido era tejedor, y durante todo el día se hallaba entre los telares
dirigiendo a sus numerosos obreros. Justamente durante la visita de Jhasua...
“Estaban
terminando un inmenso velo blanco de finísimo lino para sustituir el que cubría
al Sancta Sanctorum del Templo, que había sufrido la acción de la llama de un
cirio desde un candelabro. ¡Notable coincidencia! Ese velo fue el que once años
más adelante se rasgó de arriba abajo la tarde trágica de las tinieblas que
cubrieron la Tierra cuando Jhasua Hijo de Dios,
expiraba sobre la montaña del Gólgota sacrificado por la maldad de los hombres.”
Al
leer este emotivo relato, el Yo interno pareciera decirnos con su voz
silente: ¿Sería de Ley esta visita de Jhasua
al lugar donde se tejía el velo que once años después se rasgaría en el momento
exacto en que su excelso espíritu se desprendía de las formas humanas para siempre?.
Quizás
la sublime irradiación del aura del Maestro, penetró las moléculas del tejido
de ese velo, predisponiéndolo para esa gran manifestación espiritual, que
permanece inalterable en la memoria de la humanidad.
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El
capítulo titulado “El día siguiente” de “Moisés, el Vidente
del Sinaí”, relata una escena que nos habla
también muy alto en este breve estudio que tratamos de llevar adelante. Dice
así:
“Thimetis
se le acercó maternal: “Confía y espera maestro Carmi, que cuántos estamos en
este Castillo, morada del Infinito, podremos cantar un día un salmo que termine
así: “¡Gloria a Dios en todos los mundos, en todos los cielos, y paz en
la Tierra a los seres de buena voluntad!”
“La
luz opalina del ocaso que penetraba por el ventanal de occidente envolvió la
blanca figura de la Princesa Real en una aureola dorada, asemejándola a
la gran Sacerdotisa del Templo de Menfis cuando rodeada de
antorchas, pronunciaba su Oráculo.”
El comentario es obvio: en los Templos Sagrados del
Egipto Iluminado por la Luz de la Sabiduría, la gran Sacerdotisa
expresaba su Oráculo rodeada de las antorchas que portaban los Iniciados,
representando al Elemental Superior del Fuego, que es Luz.
Una muestra más de la importancia que las Sacerdotisas
tenían en los cultos de la antigüedad.
Y
de la misma obra, (Moisés), en el capítulo: “Las tres pruebas”, leemos:
“En
aquel recinto, uno de los camarines era usado por las vírgenes del
Templo para cambiar sus ropas que se exigían para las diversas
ceremonias en que debían actuar.”
Estas
escenas tomadas de “Moisés, el Vidente del Sinaí”, corroboran todo aquello que
tratamos de afirmar en este humilde trabajo.
Del
capítulo “Los festines del Carmelo” de “Arpas Eternas”, tomamos estos párrafos
alusivos a la temática que estamos desarrollando:
“Las
ancianas abuelas eran la corte que custodiaba a las cuarenta
vírgenes que, cubiertas de los largos velos, tañían cítaras,
recortaban las pavesas de los cirios y arrojaban nuevos perfumes en el ara de
los holocaustos.”
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El gran Arcano de las operaciones de la Alquimia
Sagrada:
En
la antigüedad, los Adeptos de las Ciencias denominadas “Ocultas”, encubrían los
misterios de las Iniciaciones relatándolos en forma de símbolos, con
apariencias de cuentos, leyendas o mitologías. Por ejemplo,
como las más conocidas, “Las Mil y Una Noches”, escrita por los maestros persas
y árabes; el conjunto de la Mitología Griega, que encubre los “Misterios de
Eleusis”; “El Cantar de los Cantares”
atribuido a Salomón, que, según nos informa “Arpas Eternas”, surgieron de las
místicas inspiraciones de los Solitarios esenios del Monte Hermón; los poemas
de Homero y de Virgilio, todos ellos relacionados a las ciencias espirituales
en concordancia al arcano sexual creador, que los Antiguos denominaban como “el
Andrógino” o bien “las Bodas Alquímicas”
“En el país de
las Alegorías
Salomé siempre danza
Ante el tiarado Herodes;
Eternamente.
Y la cabeza de Juan el Bautista,
Ante quien tiemblan los leones,
Cae al hachazo. Sangre llueve.
Pues la rosa sexual
Al entreabrirse
Conmueve todo lo que existe,
Con su efluvio carnal
Y con su enigma espiritual.(*)
(*): Rubén Darío: poeta, escritor y diplomático nicaragüense.
Los
Adeptos practicantes de la Alquimia, cuya finalidad nunca tuvo un propósito material
sino la búsqueda de la Verdad suprema contenida en la Transmutación,
ocultaron sus fórmulas y las normas de su ciencia, tal como actualmente se hace
en las modernas computadoras para que no puedan penetrarse los secretos de las
naciones, empresas o simplemente de cada persona en particular, inscriptos en
la memoria de las mismas.
Esos
Adeptos a veces mencionaban a un gran Arcano de dicha Ciencia, con el
calificativo de “Misterium Magnum”, que
los profanos (o sea la inmensa mayoría de los seres humanos), no podían
conocer, y que ni siquiera tenían noticia alguna de su existencia.
Los
Adeptos entendían que la presencia secreta de la mujer en
una de las faces de la Obra, era imprescindible para
lograr la sagrada plasmación del “Espiritu
Mundis” o “Quintaesencia”, porque como
Iniciados sabían que: NO HAY GENERACIÓN SIN EL APORTE DE LA POTENCIALIDAD
FEMENINA. (Gen = generación = plasmación)
De
ahí que, tanto en los Templos y Santuarios (recordemos a las Vestales de Roma), las contadísimas mujeres que podían servir en la
magna Obra eran rigurosamente seleccionadas para cumplir esas delicadas
misiones, donde la mujer-sacerdotisa Iniciada, encendía el fuego en el
Aspirante, con cuyo concurso ambos quemaban las escorias internas, para
arribar a un estado de super-conciencia donde el
Aspirante entraba conscientemente en las dimensiones y planos de los Reinos del
Espíritu.
(El
Adepto que fallaba en esa prueba, perdía la facultad de encender la
llama del fuego magistral para operar en la Obra).
Un
sugestivo símbolo de estas aseveraciones, lo tenemos claramente expuesto en la
Tetralogía de Richard Wagner. Brunilda, la Walkiria, al ser despertada por el
beso de Sigfrido, se ve asediada por el amor pasional del héroe que la libró
del sueño ordenado por los dioses. Brunilda reflexiona diciendo: “si yo me
entrego al amor humano, sobrevendrá el ocaso de los dioses” Finalmente,
Sigfrido muere y la Walkiria se inmola en la pira junto a su amado, en una
escena de sublime belleza musical conocida como “La inmolación de Brunilda”.
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En
“Arpas Eternas”, capítulo titulado “El papiro 79”, observamos
como el Maestro instruye a la jovencita Nebai para el cumplimiento de su misión
como sacerdotisa del Templo de Homero en Ribla, que Arvoth, su padre arquitecto
había sido contratado para construir en honor y memoria del gran Vate de la
Grecia de los Sabios. Jhasua le dice:
“A
la doncella elegida para sacerdotisa, se le asigna una renta vitalicia mientras
se mantenga en estado de doncella, o sea sin tomar esposo, pero no le
está prohibido casarse si así lo desea. Otra doncella la reemplazará.”
Luego,
más adelante, Jhasua profetiza que Nebai junto a su
familia abrirá el camino de la luz hacia Antioquia: “El Orontes pasa besando
vuestros jardines y acaricia también los muros de aquella gran capital que
encierra para mí una promesa de grandes cosas”, les dice.
Nota:
En
estos párrafos vemos la operación, invisible a la mirada humana, que el Maestro
en su gran clarividencia observa en el mundo supra-físico.
Nebai será el canal e hilo conductor de las fuerzas divinas, que
abrirán el camino a la energía crística preparando
al ambiente de Antioquia para la eclosión del Cristianimo
en esa región del planeta. Y todo realizado en el más absoluto silencio
esenio.
Años
después de esta profecía, la ciudad de Antioquia fue la sede más importante del
incipiente cristianismo en esa región del mundo, donde brilló luminosa la
hermandad universal más acendrada. (Ver lo que señala al respecto “Cumbres
y Llanuras”).
Cap.
“Los amigos del Profeta”, de “Arpas Eternas”:
“Fue
pues Nebai, el ánfora de oro en que mezclaron sus perfumes aquellas dos flores
exóticas en Israel: María (de Mágdalo) y Vercia.”
“Nebai,
María y Vercia, cuyos corazones formando uno solo como una lámpara votiva ante
el Cristo del Amor, fueron la cuna mística del cristianismo naciente
en aquel siglo primero, cuando aún flotaba en Palestina el rumor de las
palabras sublimes del Hombre-Dios, arrullando a la humanidad: “Amaos los unos a
los otros porque todos sois hermanos e hijos de mi Padre que está en los
cielos. Y en el amor que os tengáis unos a los otros se conocerá que sois mis
discípulos.”
“Arpas
Eternas”, capítulo “El Gólgota”:
La
gran Sacerdotisa de los Druídas Galos, Vercia,
enciende cien fuegos en las colinas que rodean al Monte de las Calaveras o
Calvario, donde es crucificado el Redentor. Con esos Fuegos
Sagrados, Vercia acompaña la entrada del sublime Espíritu al
Reino de Dios.
Nebai
en la trágica colina, oraba y lloraba abrazada a sus dos hijitos.
María
de Bethania, “la pequeña María”, al
ver a su amado Maestro muerto en la cruz, exhala un gemido y cae desvanecida.
“María de Mágdalo se estremeció toda en una violenta
sacudida que casi la tiró a tierra. ¡Señor!, gritó con suprema desesperación y
echó a correr nuevamente como si un vértigo de locura se hubiera apoderado de
ella.”
“Subió jadeante la montaña de la tragedia, y fue a
caer como un harapo al pie del madero donde iban cayendo lentamente
hilos de sangre de los pies y manos del Mártir.”
“La dolorida madre apoyada en su
hermano Jaime, se había acercado hasta la cruz en que estaba muerto su amor, y
sus manos heladas buscaron a tientas los pies heridos y húmedos de sangre de
aquel Hijo Santo por el cual tanto y tanto había padecido durante toda su vida.”
“En este acercamiento, la infeliz
madre percibió un objeto que no se movía al mismo pie del madero. En sus pies
sentía el calor de ese otro cuerpo, que sólo parecía un pequeño bulto en la
oscuridad. Era María de Mágdalo que abrazada al madero desde que llegó, estaba
con su cabellera empapada en sangre y sumida en un atolondramiento muy
semejante a la demencia.”
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¡Valerosas
mujeres que ejercieron su Alto Sacerdocio en el momento único e irrepetible en
que se manifestó en la Eternidad Infinita, el suceso mayor de este mundo: el Espíritu Luz en su sacrificio final para la redención de las
almas, y Su ascenso a la Gloria del Reino de la Luz Increada!
¡Vuestra
presencia fue la culminación de la Iniciación de la mujer dentro del más grande
y glorioso de todos los Templos: el Monte Gólgota de
Jerusalén!
Myriam
de Jericó, María de Mágdalo, María de Bethania,
Vercia de la Galia y Nebai de Palestina: ¡La Estrella de Cinco Puntas que
simboliza al Eterno Esplendor de la Divinidad!.
¡Un
intenso y profundo abrazo fraternal para todos vosotros, mis hermanos de
Fraternidad Cristiana Universal!
Carlosalejandro origen
del documento