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Numú El Divino Pastor

El magnífico pincel de la luz esboza en primer término una inmensa ciudad de piedra, labrada como todas las capitales lemures, en grandes trozos de montaña. Los frontispicios son todos enormes estatuas de gigantes que, dándose las manos unos con otros, forman una serie de columnas esculpidas en alto relieve, en la roca viva que sirve de muro exterior. Las cabezas de los monstruosos gigantes son como almenas de aquellos ciclópeos edificios. En los huecos que forman de hombro a hombro las manos unidas, se abren profundas ojivas en los cuales se asoman los habitantes de la extraña morada. Por una de estas ojivas asoma el busto de una bellísima criatura que es la hija del poderoso magnate. Es ella, el milésimo vástago de una dinastía secular. Su padre domina en vastas regiones y no encuentra un rey digno de aquel tesoro.

Tanto la ama, que edifico un templo con un magnifico altar donde quiso que subiera con el su hija para que reciba la adoración de su pueblo según la costumbre. Mas la hija adorada se sentó sobre las rodillas de su padre la víspera de cumplir la edad para la magna ceremonia y dijo al autor de sus días:

-Padre mío, mucho te amo pero no subiré contigo al altar sagrado.

-¿Por qué?

-Porque tu y yo y todos los reyes por grandes que sean, somos de igual naturaleza que el ultimo de nuestros siervos. Nuestros esclavos como nosotros, también sienten el hambre, el frío, el sueño, el dolor y la alegría lo mismo que nosotros. Mueren como nosotros y sus cuerpos se pudren bajo la tierra o se desmenuzan por el fuego igual que nosotros. Su sangre es roja como la nuestra y no hay ninguna diferencia entre ellos y nosotros en cuanto al cuerpo. Y en cuanto a ese principio inteligente que piensa y ama, que impulsa o retiene, que crea y obra, tampoco la hay. Tenemos siervos músicos, pintores, otros que manejan el cincel y el buril y otros que cantan divinas trovas que nos hacen llorar. ¿Por que padre mío han de adorarnos como a dioses, si nosotros aunque seamos poderosos, no somos Dios? ¿Puede un rey crear una estrella? ¿Puede un rey crear una flor o un insecto o una avecilla, ni una larva siquiera?

Padre mío, yo no subiré al altar a vuestro lado, porque moriría de vergüenza y de dolor viendo al pueblo arrodillado ante mi y a los sacerdotes quemando incienso a mis pies.

Si me amas y quieres mi felicidad, mandad encender una antorcha sobre el altar y nosotros al pie de esa luz digamos al pueblo:

"A Dios no se le ve, pero esta simbolizado en esa luz hermosa que nos alumbra y en toda claridad que encontréis en vuestro camino. Vuestro rey adora junto con vosotros al Dios Luz."

-¡Estás loca hija MIA! ¿A quien oíste tan extraña doctrina?

-No lo se, pero yo puedo asegurar que alguien la escribió bajo la cúpula de mi frente. El pueblo te aclamara con delirio, el pueblo te amara como a un padre, el pueblo correrá en pos de ti si mañana al sol del mediodía haces como te digo. Y el rey lemur hizo como su hija quería, y el rey lemur era el espíritu de Ben-Nilo a quien tanto ama Vesperina.

Treinta lunas después, debía el rey lemur casar a su hija y un desfile de príncipes paso ante ella buscando su amor, mas ella ante ninguno asomo su hermoso rostro, oculto según costumbre tras las rejas de pórfidos y marfil.

-Hija mía, no se a quien mas traerte. -díjole su padre.

-Espera padre mío a la otra luna que aun hay según la ley dos lunas mas para elegir.

Antes de llegar la siguiente luna, Vesperina asomada a la ojiva de su morada vio pasar un pastor que llevaba en sus brazos un corderillo enfermo y bajando al jardín lo llamo:

-¿Quién eres bello pastor?

-Soy Numú, vuestro siervo.

-Venid que hay para vos un regalo. Y llamando a su madre la cuarta esposa del rey lemur le dijo: vestidme a este pastor con las galas de un príncipe, porque lo es de verdad, sino que le gusta ser siervo.

Y cuando estuvo engalanado le dijo: entrad en esa morada que allí espera el rey para verte.

Desde la reja de pórfido y marfil, padre e hija miraban.

-¿Qué os parece padre?

-¡Bellísimo, soberbio, algo digno de ti, hija mía!

-Pues a este le amo y no a ninguno de los otros.

-Pero ¿quién es este hermoso príncipe y como ha venido?

-Lo han traído los genios tutelares de Mirt-ain-Mari para engrandecer tu casa, padre mío y llenar de gloria tu dinastía.

Y los cortesanos y magnates que habían ido llenando el recinto, vieron descorrerse la ventanilla de la reja llamada de los esponsales y asomar el bellísimo rostro de Vesperina que decía: los genios tutelares de Mirt-ain-Mari te han traído hijo del sol y de la luna, porque eres tu el que mi corazón esperaba. Y le tendió sus manos. Dos viejos ministros del rey se acercaron hacia el que había elegido y unieron sus diestras hasta que entrando el padre solemnemente atravesó su mano en forma de cruz sobre las manos unidas de los jóvenes mientras decían a coro:

"Que el elegido de la hija de cien reyes sea elegido de los dioses". Y resonó por todos los ámbitos de la ciudad: La princesa Vesperina ha elegido esposo a un príncipe venido de tierras encantadas, sin guerreros ni armamentos.

Los viejos cortesanos guerreros y hombres de armas habían deseado grandemente el casamiento de la hija mayor del soberano con un príncipe de lejanas tierras y desconocido en el continente porque deseaban desmembrar la vieja dinastía en pequeños dominios, para ser ellos dueños y señores de una porción de tierra y de pueblo. La avaricia y la ambición sirvieron de auxiliar a la Eterna Ley que buscaba unir aquellas dos almas que se amaban desde la eternidad.

Cuando se encontraron solos Numú y Vesperina para que se prodigaran las primeras palabras de amor según la costumbre, el le dijo con infinita dulzura:

-Yo te había visto en mis sueños, y como a un sueño te amaba.. Pero no acierto el porque del engaño que has hecho al rey tu padre y a todos tus cortesanos. Yo no soy sino un pastor y desconozco mi origen. Se que nací de una madre muy bella y muy triste que sentada conmigo en las rocas de la orilla del mar, miraba siempre a lo lejos sobre las olas y decía: "No viene... no viene". Ese que nunca vino debió ser mi padre que era marino y que partiendo de su castillo de roca a un largo viaje, no regreso jamás.

¿Qué te puede ofrecer Numú el pastor a vos, hija de los cien reyes, gloria de Mirt-ain-Mari?

Antes que Vesperina pudiera contestar a tan acertadas observaciones, las vibraciones de la luz y del éter fueron gobernadas por las sutiles inteligencias que habían propiciado la unión terrestre, la atmósfera se torno resplandeciente como si manos invisibles hubiesen desparramado polvo de topacio y amatista, y desdoblados ambos en su anterior personalidad, se contemplaron como espíritus de una vieja alianza, y exclamaron al mismo tiempo: ­ Juno! ­ Vesta! Y se confundieron en un estrecho abrazo. Ya eran inútiles las preguntas, las explicaciones y las respuestas sobraban.

Y cuando después el rey contemplaba la firma que en la gran placa de piedra blanca estampaba su yerno, debajo del nombre de su hija pudo leer: "Numú hijo de Sirio de Man-lux el país de las quince lunas". Y el rey lemur que no sabia de otro país que el suyo y los que le rodeaban, exclamaba entusiasmado y convencido de una gran verdad: "El esposo elegido por mi hija es el mas grande de los príncipes de la tierra"

A las diez lunas del desposorio de Vesperina, el anciano rey se emancipo de la vida material siendo él una de las primeras victimas de una epidemia que se había desatado en toda la comarca. Los hijos mayores todos habían perecido en diversas acciones guerreras o vilmente asesinados por una mano oculta que parecía querer exterminar la dinastía. Los viejos ministros y antiguos guerreros del rey, se preguntaban secretamente los unos a los otros, cuando seria que Numú se llevaría a su esposa a sus dominios de las quince lunas y un gran disgusto se apodero de ellos cuando a la muerte del rey les encontraba allí afanados en construir hospicios para recoger a los atacados de la peste.

Cuando pasaron los cuarenta días de riguroso silencio, en que el pueblo velaba por turno y con antorchas encendidas en la cámara mortuoria, los ancianos de la corte dijeron a Numú y Vesperina.

-¿Qué hacemos?

-Cuidar de los enfermos y enterrar a los muertos -les contesto Numú. ¿No veis como el aire de la ciudad huele a cadáveres putrefactos?

Nada hacemos, con iluminación de antorchas al alma de nuestro rey que ha pasado al seno de Dios. En cambio habríais impedido el avance de la epidemia si nos hubierais acompañado vosotros y vuestros siervos a separar los enfermos de los sanos y a dar sepultura a los muertos.

-En Mirt-ain-Mari no se oyen jamás palabras semejantes en la boca de un príncipe -le contesto airado el mas superior de aquellos magnates.

-Pues oídlas ahora que el pueblo se esta muriendo -díjole Vesperina con severidad y demostrando estar conforme con su esposo. Y como no necesito que me pongáis el águila de oro en la cabeza para saber que soy yo quien manda aquí, os digo que si queréis seguir en vuestro puesto, miréis a Numú como a mi padre y si no, idos a vuestras casas que yo buscare servidores fieles.

Los ancianos se inclinaron profundamente en señal de sumisión; pero la gran batalla estaba planteada entre los jóvenes príncipes y el viejo y corrompido elemento fanático y envidioso que desde muchos años venia minando la dinastía secular de los Hakiosrais origen de los Tolstecas de la Atlántida y de los Kakya Amida del Altai..

Los príncipes no se cuidaron ni poco ni mucho del descontento de sus cortesanos y formaron su programa de gobierno y de actuación tal como entendían ser justo y equitativo:

La magnanimidad y la misericordia en el corazón de los poderosos; la honradez y la lealtad en el alma de los pequeños. Tal era la moral y síntesis como lógica implantada por los nuevos soberanos.

Orígenes de la Civilización Adámica Volumen I Tomo II Pág. 532-537.

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