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ARCHIVO DE  LAS EDADES

 

Pasaje primero:

LA  TABLA  ABYDOS

 

    Al abrir los exploradores ingleses las entrañas de piedra de la famosa Esfinge, asentada como enorme bestia en la entrada al Valle del Nilo, encontraron una tabla de piedra incrustada en la roca viva, que un Escriba de nombre Abydos grabó por orden de Petik I, Faraón de la II dinastía de soberanos del antiguo Egipto, la cuál está conceptuada como lo más perfecto de la escritura en jeroglíficos de cuantas tablas se han encontrado en posteriores descubrimientos. (1).-

    En la Tabla Abydos, de la que se conserva una copia en el más importante Museo de Londres, los orientalistas han descubierto que es un resumen de la leyenda bíblica sobre Adán y Eva que conocemos desde la infancia.

    Pero en ella trata el asunto bajo el nombre de Adam-Mena I y dice así:

    Este Pharahome que estuvo glorificado en el Juicio de los Muertos, fue un prodigio desde su nacimiento. Nadie le conoció progenitores y se encontró solo en la selva montañosa de la costa del Mar Grande, que eran los sitios por donde vagaba Harpócrates –hermano desterrado de nuestro Dios Horus– y júzgase que lo engendró en algunas de las bellas Ondinas que lo visitaban  en las noches de luna llena (2). Hijo del Dios Harpócrates, fundador de la primera dinastía de Faraones del Valle del Nilo, este es Adam-Mena I  a quién su padre le dio por compañera en la adolescencia, una virgen núbil salida del seno del mar como un copo de espuma, y que fue Evana o Isha en nuestra lengua, que significa: mujer primera.

    Ambos hijos de Harpócrates, Padre del Silencio por el significado de su nombre, silencio guardaron sobre su misterioso origen.

    Fueron ellos los progenitores del primer hijo de dioses que encarnó en la Tierra, pero el Hijo llamado el sumiso, murió antes que ellos y Adam-Mena I reinó hasta su muerte, en que le sucedió su hijo segundo, Seth, con cuyos descendientes de la tercera generación terminó la Primera dinastía de Pharahomes del Nilo, fundada por Adam-Mena I  e Isha su mujer, primera pareja humana que los dioses tutelares bajaron a la Tierra.”

(1): Este nombre Abydos que pertenecía al Visir de un Faraón de la II Dinastía, dio origen a la antiquísima ciudad prehistórica Abydos, pues cuando cayó en desgracia del gran Amo por su ancianidad que lo tornó incapaz, se retiró a aquel entonces desierto páramo, donde edificó su casa-fortaleza con su respectiva pirámide, pues tenía un hijo que llegó a Hierofante y allí celebraba los cultos para su padre y su familia.-

(2): Era Gaudes que fue conocido por tal nombre en Gutium, donde acudía de año en año a hacer compras; su padre se había llamado así.

 

    Tal es la historia de los “Orígenes de la Civilización Adámica”, que en  el conciso lenguaje de piedra de los jeroglíficos egipcios está relatada en breves palabras, la misma que yo he contado a la humanidad de esta hora,  en centenares de páginas, que he abreviado en cuánto me fue posible para no fatigar las mentes, siguiendo los senderos demasiado largos de esta humanidad. Aquella obra fue pues para las multitudes que se cansan pronto  de los escritos que no enardecen las bajas pasiones ni acicatean al instinto, para que se levante como ciervo enfurecido, a reclamar sus derechos de continuar siendo bestia, cuando ha sonado la hora de ser hombre. Este libro es para los iniciados en el estudio de la Divina Sabiduría que habla a lo hondo del espíritu para decirles: “Yo os he elegido de en medio de la turbamulta, porque os encontré vestidos con la túnica de purificación ceñida con el cíngulo púrpura del sacrificio, llevando sobre el pecho, la estrella  de  cinco puntas, símbolo de la Luz Divina que baja sobre las almas que con afán  la buscan”.

    En este “Archivo de las Edades”, arrancaremos a los siglos sus terribles  o hermosos secretos, en medio de los cuáles se encontrarán viviendo, sufriendo, cayendo y levantando, los mismos personajes que desfilaron en la anterior, aunque a veces, con telones de fondo sumidos en pavorosas tinieblas que les impedían saber quiénes eran, a qué habían venido a la Tierra, y hacia donde se dirigían.

    La Tabla Abydos en su oscuro lenguaje jeroglífico, sólo trata de divinizar el origen de los Faraones egipcios; pero los que narramos teniendo a la vista los panoramas vivos de la Luz Eterna, para la cuál no pasa desapercibido ni el más leve pensamiento puro o criminal, trágico o feliz, estamos en condiciones de narrar a los iniciados en los senderos de la Divina Sabiduría, todo cuánto pasó por las mentes de los que siguen y siguen leyendo  en  los Archivos de la Luz.

    Cuando la I Dinastía de gobernantes de los valles del Nilo se esfumó  en la cenicienta penumbra de la tercera centuria, los Dakthylos y Kobdas que actuaron en los comienzos de la Civilización Adámica, tornaron de nuevo a la vida terrestre, para aportar a los campos de la evolución humana la  gota de agua que formase de nuevo la abundosa corriente con que el Ungido Divino haría fructificar su no lejana siembra.

    Días largos de descanso en el plano espiritual; días largos de estudio y  de preparación, debían haberles predispuestos para una laboriosa y meritoria jornada en los valles terrestres que les esperaban de nuevo.

    Pero las Inteligencias Superiores habían marcado otros campos de acción. Ni el Éufrates ni el Nilo, ni las vastas regiones de los Cinco Mares eran el escenario en que ellos volvían a la vida.

    Las selvas inexploradas que sólo sirvieron para refugio de los piratas corridos por la civilización que emanó de la Gran Alianza, las pantanosas orillas del Tronador, del Río de los Dioses (el Ganges), del Río Negro (el Brama Putra), serían el nuevo escenario en que debían desenvolver sus actividades los seguidores del Verbo de Dios.

    Hombres crueles y malvados, enriquecidos con el sacrificio de millones  de seres ignorantes y atrasados, se habían cargado del oro, piedras preciosas y obras magníficas de metalurgia que los piratas robaban a los grandes Santuarios de la civilización del Éufrates y del Nilo, y dándose los más disparatados nombres, gobernaban en calidad de dueños y señores de toda aquella inmensa porción de humanidad.

    Ignorantes de la conformación exacta del Globo y de los Continentes, aquélla región que llamamos de la India, en aquella remotísima época, solo  era conocida por “Tierra donde nace el Sol”, que en abreviatura pasó  luego a denominarse Sol Naciente, nombre que tuvo numerosas variantes según el dialecto o lengua en que la frase era pronunciada.

    Mientras tanto, en los valles serenos del Éufrates y del Nilo que hemos recorrido en nuestra Obra anterior, iban durmiéndose lentamente en esa aletargada inconsciencia en que caen las regiones y los pueblos cuando  los espíritus impulsores de la civilización y del progreso han volado hacia otras comarcas designadas por la Eterna Ley para plantaciones nuevas.

    El viejo Santuario de Neghadá sobre el Nilo y el Santuario de La Paz sobre el Éufrates, habían ido cambiándose paulatinamente en suntuosos palacios habitación de los nuevos soberanos que ya no eran los inegoístas y desinteresados Kobdas de túnica azul, sino Caudillos guerreros y conquistadores que con la ley del más fuerte, arrastraban cuanto despertaba su ambición o deseo.

    A los últimos Kobdas fieles les había costado la vida ocultar en las criptas destinadas a los muertos, su grandioso Archivo de las Edades, y mediante grandes derrumbamientos y excavaciones, habían hecho desaparecer bajo moles de piedra, la sabiduría adquirida pacientemente durante tantas centurias. Algunos de ellos en calidad de pastores o labriegos, fueron quedando como custodios del tesoro oculto, transmitiéndose de unos a otros el sagrado secreto.

    Hilkar de Talpakén y el Audumbla de Zoan que habían desencarnado a poco de morir Abel, volvieron a la vida física en una familia de pastores del Valle del Nilo, y por sabio designio divino se encontraron con los últimos Kobdas guardianes del tesoro de sabiduría encerrados en las criptas del Patio de los Olivos, del viejo Santuario que habiendo sido borrado por suntuosas terrazas y altiplanos de jardines fantásticos, como visiones   de  ensueño, los Kobdas guardianes le habían abierto salida hacia la costa del mar

    Un desbordamiento del Nilo había dejado sin hogar y sin familia a los  dos niños, el uno de doce años y el otro de nueve, y la choza de los Kobdas guardianes les ofreció refugio y alimento. He aquí anudado nuevamente el hilo conductor de verdad y de luz, nuevamente anudado para prolongarse en edades nuevas y en escenarios nuevos también.

    Cuando los últimos Kobdas, disfrazados de pastores, cerraron sus ojos a la luz del plano físico, aquellos dos niños habían llegado a la juventud, y la carga del gran secreto pareció aumentarles los años, apareciendo ante  los demás con una gravedad y juicio de hombres en la madurez de la vida.

    Davasen y Durando recibieron con juramento, el sagrado depósito cuya existencia no debían revelar a persona viviente hasta que voces de  los cielos les indicaran el camino a seguir.

    Y los dos jovenzuelos vigilando su majada de antílopes y de avegrús robadas al desierto, esperaban en su choza, al occidente de la populosa ciudad que se extendía por todo el Delta del Nilo mediante puentes levadizos y jardines flotantes que unían los grandes barrios a través de los numerosos canales.

    Ya no se llamaba Neghadá, sino Maridhea, que en la lengua de los nuevos soberanos quería decir: Diosa del Mar.

Devasen (o sea Hilkar) decía a su compañero, sentados ambos a la puerta de su cabaña mirando a lo lejos las cúpulas, torrecillas y minaretes de la suntuosa capital:

    −Allí debajo duerme nuestro secreto, un sueño que lleva ya tres centurias cumplidas. ¿Cómo habremos de hacer el día que oigamos las voces del cielo que nos avisen la hora de la partida?

    −Pero ¿adónde hemos de partir?, interrogaba Durando que como menor en edad física y también en edad espiritual, esperaba siempre que su hermano hablase el primero.

    − ¿Has olvidado el encargue de nuestros padres de ser guardianes del gran secreto hasta que seamos avisados?

    −Si, es verdad, mas tú, ¿qué piensas que será ese aviso?

    −No lo se a ciencia cierta, pero algo como una convicción íntima me hace pensar en que tendremos que hacer un gran viaje llevando esa multitud de tubos de cobre a otras tierras lejanas, donde alguien nos espera  y nos ama.

    −Bonito sueño es ese el tuyo hermano Davasen y ojalá sea una  realidad porque me voy cansando de esta vida, apartada de todo y donde nadie nos comprende ni nos ama. Y dime, ¿nos llevaremos también las  enormes tablas de piedra de la cripta de Adam-Mena I?

    −No, esas no, puesto que su contenido está grabado en los papiros de los últimos tubos de cobre que cerraron nuestros padres.

    Esas tablas quedarán allí para que los hombres de estas regiones que tuvieron la luz y la   apagaron, formen en un lejano futuro, un principio de historia, lo suficiente para saber que Adam-Mena I  fue el primer Faraón del Nilo. ¿Para qué quieren saber más si ellos rechazan todo lo que no sea fastuosidad, lujo y placer?

    Esa noche, en que ambos jóvenes se habían entregado al sueño apenas entrada la noche debido a que el día les fue triste y penoso porque en él  tuvieron que exhumar los despojos de los cinco ancianos que les sirvieron de padres, para liberarlos de la profanación de extranjeros a quiénes les fue adjudicado el pasaje en que estaba la sepultura, tuvieron ambos un  sueño hermoso como una visión de los cielos.

    En una bella planicie iluminada de suave claridad se encontraron de pronto con los cinco ancianos vestidos de azuladas túnicas y con cayados de viajeros.

    − ¿Adónde vais?, les preguntaron ambos jóvenes a la vez.

    −Tenemos que hacer un largo viaje y vosotros nos acompañaréis.

    −Pero vosotros habéis cambiado de rostros, hasta el punto de no parecer los mismos, observaron Davesen y Durando.

    −Es que ahora revestimos la investidura de los Kobdas que conocieron al Verbo de Dios y aun cerca de Él delinquimos. Y empezaron a nombrarse.

    −Yo soy Madeo de Ghana, que entré al Santuario de La Paz para dar muerte a Abel, hijo de Adamú y Evana, mandado por entidades tenebrosas que buscaban impedir la obra del Ungido de Dios.

    −Yo soy Marván, que arrojó la túnica azul para vestir la fastuosa indumentaria de Caudillo de Artinón, bajo la cuál cometí los mayores desaciertos que pueden oscurecer la vida de un hombre.

    −Yo soy Diza-Abad, que cambió su azulado ropaje y su nombre limpio por el de Oso Gris, y amarrado a una cadena en el Peñón de Sindi,  quise estrujar entre mis garras al Verbo de Dios que me brindaba su luz.

    −Y los dos que faltaban dijeron: Somos los Kobdas ciegos y mutilados del Pasaje de la Muerte, en Anfípolis, a quiénes arrastró la vanidad de  destacarse en figuras de primera fila, lo que nos llevó a los más desastrosos excesos.

    − ¡Cómo!, dijeron en un solo grito de asombro ambos jóvenes, sumergidos en los transportes del sueño. ¡Vosotros os llamáis Kobdas pecadores en presencia nuestra, que sólo hemos visto vuestra abnegación, vuestro desinterés, vuestra penosa vida de pastores de bestias sólo por ser guardianes de un secreto escondido entre las tumbas!...

    Y el que se había nombrado Marván contestó por todos:

    −Una sola vida de sacrificio y de virtud no borra el cúmulo de iniquidades que amontonamos en pocos años de una vida. Por eso hemos debido pasar tres vidas consecutivas en esta triste soledad, sin afectos, sin alegrías humanas, luchando con el desamparo de la intemperie, olvidados de los hombres y sólo rodeados de animales incapaces de comprendernos.

Vosotros dos fuisteis el beso suave de la Bondad Divina cuando la copa de la expiación estaba colmada y caísteis bajo el techo de nuestra choza, como rayitos de luz anunciadores de que había amanecido para nosotros el día glorioso de la redención.

    −Y el cielo recortó de su manto de zafiro nuestras túnicas, añadió Madeo con el rostro inundado de felicidad, y ya nunca más las dejaremos hasta la última jornada Mesiánica en que el Cristo nos vestirá el manto blanco de los Maestros.

    −Ha llegado la hora, díjoles Diza-Abad, de nuestro viaje común.

    −Nosotros no necesitamos de mayores preparativos, pero sí vosotros que seréis portadores de nuestro tesoro de Sabiduría hacia lejanos parajes. Preparadlo todo para la próxima luna llena en que emprenderemos la marcha.

    − ¿Hacia dónde?, habían preguntado en el sueño ambos jóvenes.

    −Hacia donde sale el sol. En la desembocadura del Éufrates, en la bahía oriental del Golfo Grande (el Golfo Pérsico), encontraréis barcazas descargando pieles, maderas y resinas olorosas. Allí trataréis la travesía con el Capitán de las barcazas, un hombre ya anciano, vestido de amarillo y gorro de piel negra en la cuál veréis una estrella de plata de cinco puntas signo que está grabado también en el pabellón de las embarcaciones. Sólo diréis a este hombre estas solas palabras: “Somos los portadores de las momias del Nilo que esperáis.”

    “Y no olvidéis nada de lo que os dejamos recomendado de la noche solemne en que recibisteis nuestro legado.”

    Ambos jóvenes se despertaron al mismo tiempo y corrieron el uno hacia el otro para contarse el misterioso sueño.

    Pero aun no se decidían, temiendo que todo fuera una ilusión.

    −Mirad que es duro dejarlo todo y emprender un largo viaje lleno de peligros desconocidos, sólo por un sueño, exclamaba Davasen grandemente preocupado.

     Tenéis razón, pero también es cierto que estábamos avisados por nuestros padres antes de morir, de que llegaría un día en que tendríamos que realizar lo que anoche hemos soñado, decía Durando.

    −Mas yo esperaba –añadía el mayor– en otra forma de aviso.

Y entristecidos por la indecisión, comenzaron sus tareas ordinarias de ordeñar las ciervas lecheras, recoger los huevos de sus avegrús y sacar a pastar sus animales.

    Cuando a poco de volver hacían su frugal desayuno junto a la hoguera, llegó a la choza de los dos hermanos un hombre ya entrado en años que les dijo:

    −“Me acaban de dar la noticia de que os marcháis del lugar para no volver y vengo a proponeros que me vendáis la choza en que os cobijáis y algunos de vuestros animales. Mas como no tengo tesoro alguno con que  pagaros, os propongo un cambio que acaso os sea de utilidad puesto que vais a emprender un viaje: tomad a cambio mi tropilla de asnos y dos hermosos camellos, que es lo único que poseo sobre la tierra.”

Davasen y Durando se miraron con asombro y con inteligencia a la vez.

    ¿Quién podía ser el portador de aquella noticia si ellos a nadie lo habían comunicado? - ¿Serás tú acaso que has descubierto el secreto?, interrogaba con cierta alarma Davasen a su hermano.

    −Estaba yo para preguntarte si por acaso eras tú, en procura quizás de los medios para viajar.

    En realidad lo que había, era que aquel hombre a quién llamaban Maron, había pasado su vida en el transporte de maderas, resinas y otros productos desde la costa del Mar Bermejo.

    Su mujer tenía la extraña facultad según él, de dormirse a horas fuera de práctica, y en ese estado de sueño le decía cosas cuya realidad había comprobado más de una vez. Por este medio había obtenido la noticia.

    Maron y Thiniza habían sido tomados como instrumentos para cooperar a la realización del gran viaje.

    Y pocos días más tarde estaban concertando el intercambio: los dos hermanos entregarían sus majadas de antílopes y de avegrús a Maron, a cambio de su tropilla de asnos y de sus dos camellos.

    En el primer día de luna llena le dejarían la choza desocupada. Mientras llegaba ese día, ambos hermanos se internaban con las primeras sombras de la noche por el oscuro subterráneo que tenía salida a la costa del mar.

    Tomaban su pequeña barca como si salieran a pescar y al llegar al sitio para ellos bien conocido, la amarraban, no sin antes haber puesto en ella alguna cesta de peces. Unas cuantas piedras recubiertas de breñas y de zarzas era la cubierta del negro boquerón que les conducía hasta su secreto.

    Sus padres, como ellos decían, dejaron todo dispuesto, que por algo habían pasado tan largo tiempo preparando lo que ellos dos debían realizar.

    En veintiocho arcas de cuero de búfalo, impermeabilizadas con brea por dentro y por fuera, estaban guardados bajo fuertes cerraduras los tubos de bronce que encerraban los papiros del Archivo de las Edades, más los rollos de la enseñanza de Antulio que habían sido llevados al viejo Santuario cuando La Paz cayó en manos de los invasores Zoharitas.

    Estas arcas eran del mismo tipo de las usadas para guardar las momias de los familiares, costumbre generalmente seguida por todos los habitantes de aquellas comarcas. El cuero de búfalo usado por la clase media y gentes del pueblo, reemplazaba al ónix, al alabastro, al marfil, bronce o plata usados por los príncipes y casi la mayoría de las clases pudientes.

    Bien manifiesto estaba, que los viejos Kobdas guardianes habían preparado todo con harta prudencia y discreción.

    Sólo una vez habían penetrado ambos jóvenes al profundo subterráneo  que era a la vez cripta sepulcral y archivo. La noche aquella en que los dos últimos Kobdas que fueron Madeo y Diza-Abad, les condujeron allí y les revelaron el gran secreto, les habían recomendado ir lo menos posible para no despertar sospechas entre los que pudieran verlos merodear por aquellos parajes. Habían pasado cuarenta lunas desde aquel solemne acontecimiento que Davasen y Durando no olvidarían jamás. Allí habían sido llevados los Kobdas guardianes del gran tesoro.

    Una tristeza sombría iba cayendo como llovizna de invierno sobre Davasen y Durando que veían con dolor como aquellas cinco vidas amadas iban extinguiéndose una en pos de la otra. Hasta que los dos últimos sobrevivientes les dijeron un día:

    −“Llevadnos por favor a nuestro Santuario secreto, porque ya la vida se nos escapa por momentos”.

    Ambos viejecitos parecían un haz de raíces que los dos hermanos llevaron en brazos hasta la costa donde tenían amarrada la barca. Y en brazos  los internaron por la tenebrosa galería subterránea. Allí les habían hecho ver abiertas las cajas mortuorias de Abel, de Evana, de Bohindra, de la Reina Ada, de Senio y de Tubal.

    Los Kobdas de La Paz al huir de los invasores no habían olvidado salvar de la profanación los cuerpos momificados de algunos de sus amados   antecesores.

    Y en presencia de esos sagrados despojos, ellos habían jurado ser como todos ellos, fieles al mandato divino. Y lo fueron.

Eran seis arcas en cuya parte superior aparecía la momia, y debajo de ella, los rollos de papiro encerrados en tubos de cobre. Si durante el viaje las arcas eran abiertas por profanos, no veían mas que un cargamento de momias cosa nada extraña entre las más antiguas tribus del Nilo, cuyo culto por los muertos les hacía realizar sus emigraciones llevándose a cuestas sus muertos, que jamás dejaban abandonados en tierras habitadas por extranjeros.

    La noche aquella del juramento, los dos viejecitos no quisieron ya volver al mundo exterior, y quedaron en una pequeña cavidad o cueva formada entre el tronco y las ramas de una vieja encina, que era como el pórtico exterior de la galería subterránea.

    “Aquí estaremos más cerca – decían – para que os cueste menos trabajo sepultar nuestros cuerpos. Y si el aviso del cielo llega antes de que  nuestros cadáveres estén secos, no vaciléis en dejarnos bajo estas bóvedas sagradas, donde las momias de nuestros justos han ido dando durante siglos sus moléculas vivas para formar nuevas organizaciones embrionarias y, en tal caso, tomad otras dos momias de las que aquí descansan y ponedlas en las cajas en lugar de las nuestras.

    Los cuatro juntos habían pasado aquella noche memorable en la pequeña caverna de la encina, y después de dar de comer a los viejecitos, ya al amanecer, ambos jóvenes habían regresado a su choza para continuar sus tareas diarias y que nadie en la comarca pudiera notar su ausencia.

    Cuando ya muy entrada la noche siguiente volvieron a la caverna de la  encina llevando cantarillos de leche fresca, pan y miel a sus viejecitos,  los encontraron ya fríos y rígidos, demostrando haber dejado sus materias varias horas antes.

    ¿Cómo pues podrían olvidar los dos hermanos la conmovedora tragedia silenciosa y oculta de aquella noche memorable en que perdieron los dos padres que más los habían acompañado en su dolorosa orfandad?

    Y entre sus lamentaciones decían: ellos sabían que iban a morir este  día y quisieron ahorrarnos la angustia del tremendo adiós.

    −Por eso nos dieron aquella gran bendición, decía Davasen, a la cuál   asociaban todos los bienes de la tierra y todos los dones de los cielos.

    −Por eso, añadía Durando, no se cansaban de hacernos recomendaciones que hasta hartura nos eran sus repetidas observaciones.

Y Durando y Davasen, abrazados de los cuerpos rígidos, bajo sus  pesados cobertores, se desahogaban llamándolos por sus nombres como si ellos pudieran escucharlos.

    Y cuando la noche primera de los preparativos del viaje penetraron nuevamente a la caverna de la encina para de allí pasar a la cripta, encontraron un trozo de arcilla, al parecer desprendido por roturas de las que encerraban las urnas funerarias y decía grabado con punzón:”No vaciléis en emprender el viaje porque ya es la hora. Vuestros Padres.”

    Sus espíritus viajeros del Infinito han dejado este aviso para nosotros, decía Davasen, entrando alumbrados por sus antorchas en aquel abismo tenebroso que guardaba el gran secreto.

    Todo estaba como lo habían dejado la última vez. Sólo notaron el hueco en la cerradura de la urna de Madeo, y con gran asombro vieron que en  aquel hueco coincidía perfectamente el trozo de arcilla en que les habían grabado el aviso.

    −Fue nuestro padre Madeo que rompió la arcilla de su tumba para animarnos en nuestra vacilación, decía Durando enternecido por aquel pequeño   incidente.

    − ¡Vamos pues!, dijo con decisión Davasen. Ya no podemos dudar de que caminamos sobre seguro.

    − ¿Por dónde empezamos?, preguntó Durando.

    −Por abrir las tumbas de los dos últimos, y si están en condiciones de sacar los cuerpos, cubriremos con ellos los tubos de las cajas que quedaron  sin momias.

    −En tan poco tiempo no pueden estar momificados, decía el menor de  los hermanos mientras hacían la operación de apertura.

    −Pero puede que estén secos lo bastante para llevarlos, contestaba el mayor.

    Cuando la última tapa de arcilla fue levantada, encontraron que los dos viejecitos, de color cetrino, parecían estatuas yacentes de mármol enmohecido por exceso de humedad y de lluvias. Diríase que dormían.

    Cuando iban a levantarlos para colocarlos en las cajas correspondientes, se desmenuzaron en un polvo gris como flor de ceniza que guarda la forma de las ascuas ya consumidas, quedando tan solo en el fondo de las tumbas, dos pequeños esqueletos de blancos huesos.

    El asombro mezclado de terror de ambos hermanos, puede adivinarlo el lector.

    −Pero, ¿qué es esto?, interrogó Durando a su hermano, que mirando ambos esqueletos demostraba hallarse profundamente abstraído.

    −Esto significa que nuestros padres lo pensaron y lo calcularon todo. Pensaron en que el viaje sería antes, mucho antes de que sus cadáveres  estuviesen momificados; y en las sustancias que mezclaron en las redomas cuando nos explicaban el procedimiento al cuál debíamos someter sus cadáveres, debieron mezclar sustancias que han consumido con tal rapidez las carnes, reduciéndolas a ceniza en sólo cuarenta lunas transcurridas  desde el día de la inhumación.

    −Y ahora, ¿qué hacemos?

    −Pues envolverlos en sudarios limpios y colocarlos en las dos arcas que quedaron sin momias. Sin duda han querido ellos que sus huesos vayan con nosotros a servir de cimiento del primer recinto de oración que levantemos en el país donde nace el sol.

    Y a la medianoche del día siguiente cargaron las fúnebres arcas sobre el lomo de los asnos y montados ambos sobre los camellos emprendieron  la marcha por los caminos más solitarios, cortando campos en diagonal hacia el país de Gosen, para lo cuál debieron atravesar uno de los grandes terraplenes, como monstruos de piedra que estaban tendidos sobre los enormes brazos del Delta del Nilo. El camino de Shur les llevaría de seguro hasta Urcaldia, a través de tres desiertos: el de Shur, el de Paran y el de Sin. Eran desiertos por la gran soledad que en aquellos parajes reinaba, mas no por la aridez, pues que estaban entrecortados por montañas y riachos donde algunas tribus nómadas de beduinos compartían la vida con los buitres y las fieras. Una cadena de hermosos lagos azules formaban al parecer el límite de las tierras del Nilo con el desierto. (3): Estos lagos estaban como alineados por la Naturaleza, en lo que hoy es el Canal de Suez. Entre dos de aquellos lagos existía una gran aldea con pretensiones de ciudad que denominaban: Pithon, y que era comúnmente el sitio donde buscaban reunirse las caravanas que se arriesgaban a atravesar los tres desiertos. Aquel viejo decir que la unión hace la fuerza, lo tenían muy en cuenta los viajeros hacia regiones desconocidas y con los penosos medios de transporte que se disponía  en aquel remoto pasado.

    Aquellos lagos entre praderas de exuberante verdor, eran las últimas regiones pertenecientes a los soberanos del Nilo. Más allá de ellos estaba lo desconocido que podía encerrar grandes peligros, el mal o el bien, la vida o la muerte.

    Una pequeña caravana de mercaderes saldría de Pithon dentro de tres días llevando cargamentos de cereales y de lana, y los dos hermanos se unieron a ella que contaba con guías experimentados en la larga travesía.

    −Por lo visto, vais para no volver, les decían, pues que lleváis a cuestas a vuestros muertos.

    −Así es, contestaban ambos sin dar muchas explicaciones.

    − ¿Tenéis allá parentela que os aguarda?, insistía la curiosidad de los mercaderes. En Baravan que es el mayor puerto del Golfo Grande, tenemos muchos conocidos y os podéis colocar allí fácilmente.

    −No –decían los hermanos. En el Gran Golfo nos espera un amigo que nos conduce más allá de las bocas del Tronador.

    ¡Más allá del Tronador!... ¡pero entonces vais al fin del mundo!

    El obstinado silencio de ambos hermanos paralizaba aquí todas las interrogaciones.

    Cuando después de casi tres lunas de viaje llegaron por fin al Puerto de Baravan sobre el Golfo Pérsico, los invadió a entrambos una inmensa impresión de soledad. Todos los compañeros de viaje habían visto al llegar rostros amigos y sonrientes, brazos amantes que se anudaban a sus cuellos, labios febriles y amorosos que les besaban con ternura.

    Sólo ellos miraban hacia todos sin que ni un solo ser se acercara a dirigirles la palabra.

    Y cuando ya iban quedando solos, dijo el menor al oído de su hermano:

    − ¿Qué hemos hecho….dime, qué hemos hecho?

    −Hemos hecho lo que nuestros padres nos mandaron. Ellos nos amaban demasiado para engañarnos. Abramos aquí la tienda y esperemos que acaso no tardará en llegarnos la contestación a tu pregunta.

    Dos chicuelos harapientos se les acercaron ya casi al anochecer a ofrecerles farditos de leña para encender lumbre. Querían a cambio que les dieran parte de su comida.

    −Quedaos – díjoles Davasen y cenaréis con nosotros.

    Pudo verse que esta respuesta era una gran fiesta para los muchachos, que con toda actividad comenzaron a traer cántaros de agua de una represa cercana para dar de beber a las bestias.

    −Ya ves hermano, no estamos tan solos, decía Durando al ver la solicitud de los chicuelos para servirles.

    Mientras comían los cuatro bajo la tienda comenzaron las confidencias íntimas.

    − ¿No tenéis casa y familia?, preguntó Davasen a los chicuelos.

    − ¡Oh no amito!.....es mucho lujo para nosotros tener casa y familia.

    −No nos llamen amos, porque no lo somos de nadie. Yo me llamo Davasen y mi hermano Durando.

Los chicuelos suspiraron con desaliento como el que pierde una bella  esperanza. El más atrevido de ellos rompió de nuevo el silencio:

    −Es que si hubiéramos conseguido amos como vosotros, seríamos tan   dichosos... pero vosotros no queréis a lo que parece...

    − ¡Amiguitos!... esto es otra cosa diferente. ¿Con que seriáis dichosos viviendo a nuestro lado?... pues sedlo.

    − ¿De veras?, dijeron ambos a la vez. Durando los miraba, mientras  en  el fondo de su pecho su corazón se estremecía de júbilo.

    − ¿Y porqué no? Nosotros dos fuimos un día huérfanos como vosotros cuando los muertos que descansan en estas arcas tenían vida y salud. Como ellos fueron padres para nosotros, lo seremos nosotros para vuestra orfandad.

    ¿Qué decía Durando a todo esto?

    −Digo que esta es la primera parte de la respuesta que estoy esperando desde que llegamos a Baravan.

    − ¿Tanto como eso?

    −Sí hermano; así lo siento en el fondo de mi corazón.

    −Ya veis amiguitos; mi hermano y yo os damos carta de parentesco: desde hoy seréis nuestros hermanitos menores...

    No había terminado Davasen la frase, cuando los dos chicuelos harapientos se les habían colgado del cuello, en una explosión de gratitud hondamente sentida. Davasen y Durando comprendieron entonces el grande amor de sus padres que los cobijaron en el abandono de su niñez, porque ellos se sentían inundados de una inmensa ternura para los dos niños desvalidos.

    Y en las vecinas tiendas de los mercaderes del puerto, se procuraron las ropas necesarias para que al amanecer no aparecieran más los chicuelos sucios y harapientos, sino los dos alegres adolescentes de 11 y 13 años respectivamente, cuyos cabellos oscuros y ojos de mirar profundo y suave, denotaban su procedencia de las razas de Altái.

    − ¿Sois hermanos, verdad?, preguntóles Durando mientras los ayudaba  a vestir sus nuevos ropajes que, en verdad, los transformaban en personajes nuevos.

    −Así es, a lo que parece, contestaba el mayor.

    − ¿Cómo a lo que parece?, ¿no lo sabéis acaso?

    −Lo sabemos a medias, porque nosotros abrimos los ojos a la vida en la tienda de un guía de las caravanas que van y vienen desde el Mar Bermejo y del Nilo. A él lo llamábamos padre hasta su muerte.

    Pero después un viejo pastor de antílopes nos dijo que el muerto no era nuestro padre, sino un guardián, a quién nos entregaron de pequeñitos para ocultar un delito cometido con nuestra madre, que fue traída desde más allá del Tronador  y vendida como esclava a un poderoso amo de los países de hombres rubios.

    −Aun no nos habéis dicho vuestros nombres, observó Davasen.

    −A mi me llaman Lagartija, y a éste, Escarabajo.

    − ¡Oh, no!... ¡esto es horrible! De seguro no son esos vuestros nombres.

    − ¿Os había de poner vuestra madre tales nombres por esclava que fuera?

    −Pero, ¿no conserváis algún recuerdo vago de vuestros primeros años?, interrogó Durando compadecido de los pobrecillos huérfanos, a quiénes, para más humillación, se les habían aplicado sobrenombres de feos animalejos.

 

    Mirad, dijo el mayor, o sea, Lagartija. Cuando nuestro padre murió de resultas de una caída al atravesar un desfiladero, tuve la idea de sacar de debajo de una petaquilla de cuero que él llevaba atada a la cintura bajo de su correa. Allí encontramos dos planchitas de plata y un trocito de tela encerada con unos signos grabados que no entendemos.

    −Y todo eso, ¿lo conserváis?

    −Sí, ahora lo veréis.; y el adolescente abrió su casaquita de lana azul recién comprada, registró por entre sus ropas nuevas hasta llegar a la piel, y mostró un ancho cinturón de piel negra, en uno de cuyos compartimentos se encontraba la petaquilla de los secretos.

    − ¡Oh!... ¡eres todo un hombrecito!, le dijo palmeándole la espalda Davasen mientras recibía el pequeño objeto.

    − ¿Confiáis en nosotros para revisar lo que aquí se encuentra?

    − ¡Vaya, vaya!....faltaría que desconfiáramos de vosotros, dijeron ambos niños a la vez.

    Las plaquitas de plata ostentaban varias palabras grabadas a punzón, pero ni Davasen ni Durando podían descifrarlas. Lo propio les ocurrió con  la breve escritura de la tela encerada. Las plaquitas pendían de una cadenilla fabricada con diminutos corales entretejidos fuertemente unos con otros mediante un cordoncillo de cabellos negros.

    −Esto sólo puede ser ofrenda del amor de una madre, dijo de pronto Davasen observando aquellos objetos. Mirad –les dijo después– guardad todo esto cuidadosamente hasta que llegue un viajero de más allá del Tronador que debe venir a nuestro encuentro; y casi aseguraría que él descifrará  vuestro secreto.

    Y sin más que hacer por el momento, extendieron mantas y pieles  sobre grandes montones de heno recién cortado, y se entregaron al sueño aquellos cuatro seres que no tenían a nadie como familia en la Tierra.

    Y Davasen y Durando vieron en el sueño de aquella noche, bajo su tienda enclavada en la playa del Golfo Grande,” que aquel bloque de piedra blanca llamada la Tabla Abydos, que vieran en la cripta funeraria de Negada, se transformaba en millares de hojas de papiros que un gran buitre negro se encargaba de desparramar como una lluvia sobre toda la faz de la Tierra.

    Que todos los hombres devoraban como un manjar aquellos millares de papiros volando, y luego quedaban adormecidos, ebrios, hipnotizados.”

    Ambos hermanos fueron clarividentes en ese sueño que encerraba toda una verdad que ellos no pudieron comprender entonces y que ha necesitado millares de siglos para que una pequeña porción de humanidad  pueda  interpretarlo y comprenderlo.

    Estas pequeñas porciones de humanidad lúcida, fueron las grandes Escuelas Ocultistas y Secretas de la Antigüedad, que guardaron en sus archivos  el verdadero origen de la humanidad terrestre y el de la Civilización Adámica que comenzara en los valles del Éufrates, con una pareja de adolescentes:

    Adamú y Evana, de dónde surgió la divina flor de loto, Abel, que disgregó las tinieblas de aquella hora remota.

    Mas como los apóstoles de la Verdad entre los hombres son siempre condenados al martirio, al oprobio, al baldón y a la muerte, las verdades se reservan para unos pocos, y el resto se alimenta y vive del error y del engaño, para que se cumpla siempre por encima de todo, la gran palabra del Cristo:

    “Dios da su Luz a los humildes, y la niega a los soberbios”.

    El gran buitre negro del error que se alimenta de la ignorancia y el fanatismo de las muchedumbres, aleteó silenciosamente en el sueño de los dos hermanos como si quisiera decirles: “Os lleváis la Verdad oculta en  esas arcas funerarias que transportáis al país donde nace el sol, mientras yo divulgo al error disfrazado de símbolos entre la gran muchedumbre de bestezuelas con formas humanas, incapaces de asimilar la Verdad porque sólo pueden hallar el fango que pisan.”

    Y mientras Davasen y Durando veían en el sueño el futuro de la humanidad un velero de color ceniza con pabellón violeta y oro, anclaba en el puerto de Baravan seguido de dos barcazas de carga. Era apenas pasada  la  medianoche, y sólo se veía la silueta de los dos arqueros guardianes del  puerto, cuyas sombras recortadas por la luz de la Luna se proyectaba sobre  las aguas del Golfo.

    Un hombre del velero saltó a tierra, y los dos arqueros se le acercaron  a fin de averiguar su identidad. El viajero encendió su pequeña antorcha de bolsillo y la acercó a su rostro. Los dos arqueros se inclinaron, mientras le decían: Pasad.

    − ¿Han llegado los que debían traer el cargamento de momias del Nilo?, preguntó el recién llegado.

    −Sí, Grandeza: mirad, allí tenéis su tienda rodeada por sus camellos y sus asnos.

    − ¿Cuándo llegaron?

    −Ayer, antes del mediodía.

    El viajero entregó a cada uno un bolsillo que debía contener algo de  gran estima para ellos, a juzgar por las muestras de agradecimiento que le hicieran. Y lo acompañaron hasta la puerta de la tienda.

    El viajero levantó la cortinilla de la puerta y entró sin ser sentido.

    Extendió su manta sobre el pavimento cubierto de heno y se tendió  sobre él, con la misma tranquilidad que si lo hubiera hecho en su propia alcoba.

 

* * *

 

Pasaje  Segundo

EL PAÍS DONDE NACE EL SOL

 

    Durando se despertó a las primeras luces del amanecer y salió prestamente de la tienda para dar un vistazo a las bestias y para encender lumbre  antes que nadie se despertara. La oscuridad que reinaba en la tienda le había impedido ver al huésped que dormía allí tranquilamente.

    Colgó sobre la llama que chisporroteaba, la marmita para cocer las bellotas y dio de comer a las bestias. Antes de terminar, uno de los chicuelos fue a su encuentro con sus soñolientos ojos muy azorados.

    −Durando - le dijo al oído - en la tienda duerme un hombre que anoche no estaba allí.

    − ¿De veras?

    −Como que vos y yo estamos aquí.

    −Termina tú de dar esta porción a aquellos asnos, y yo voy a averiguar lo que hay.

    Lo primero que vio al entrar de nuevo a la tienda fue un gorro de piel negra sobre una de las arcas funerarias, y en aquel gorro una estrella de plata de cinco puntas. Y tan grande fue su emoción que corrió al lecho de su   hermano llamándolo a los gritos:

    − ¡Davasen, Davasen!, ¡el gorro de piel negra con la estrella de cinco puntas!

    El viajero se incorporó riendo y Davasen sorprendido por la noticia.

    Aquellos tres hombres no se habían visto nunca, pero sin saber porque  se abrazaron como viejos amigos.

    − ¡Cuántas dudas nos asaltaron al no encontraros aquí!, fueron las primeras palabras que el viajero escuchó bajo esa tienda.

    −Una horrible tempestad nos tomó al pasar por el Estrecho, y fuimos retardados dos días. Que al no haber sido por eso, habría sido yo quien os recibiera al llegar.

    Los dos hermanos observaban que aquel hombre ya de edad madura, era tal como la última aparición de sus padres lo habían pintado: cabellos y barba blanca, túnica de lana amarilla y gorro de piel negra con una estrella de plata de cinco puntas.

    −Todo está como nuestros padres nos dijeron, exclamó de pronto Davasen sin disimular su impresión.

    −Lo que no os dirían – dijo el anciano- es mi nombre: soy Veda-Bara para serviros.

    −Y yo soy Davasen y mi hermano Durando.

    −Muy bien. Ya nos conocemos. Ahora que se levanta el sol, bebamos juntos el vino y partamos juntos el pan para sellar esta amistad que debe durar toda la vida.

    Y extendieron un blanco paño sobre la hierba, colocaron pan, vino y las bellotas cocidas para el desayuno.

    Los dos chicuelos formaron rueda con ellos en torno al blanco mantel.

    Y el Sol, levantándose de su lecho encortinado de rubíes y amatistas, reflejaba gozoso su luz diáfana y clara sobre aquellos cinco seres que comían juntos y que hasta el día antes no se habían visto nunca sobre la Tierra.

    − ¿Podéis decirnos que nos espera en la tierra donde nace el Sol?, preguntó Davasen a Veda-Bara mientras comían.

    −En primer lugar, esa figura tan atrevida “país donde nace el Sol”, no es más que una apariencia para los de este lado del Golfo Grande, o sea, los habitantes de los valles del Nilo desde donde venís. ¿Creéis acaso que  pueda haber sobre la Tierra un país donde nazca el Sol? Hoy por hoy, la visual de la ignorancia humana es tan limitada, que ha llegado a confundir la  inmensidad celeste con el plano terrestre, del cuál sólo una línea cenicienta la divide.

    Allá en nuestro Altái, al hablar de estas tierras de occidente, el vulgo enuncia: “el país donde muere el Sol”. Mas no hagáis caso ninguno de las frases que denotan ideas nacidas y fomentadas por el vulgo.

    En el país adonde vais os espera lo que les espera en medio de la   humanidad a todos los que destacándose un tanto de las muchedumbres inconscientes aspiran a dar un paso en los senderos del Conocimiento superior y de la Divina Sabiduría.

    Oíd una historia que os parecerá leyenda: “Antes de que vosotros vierais la luz, salimos de los valles del Nilo diez hombres, algunos jóvenes y otros de edad madura. Estábamos perseguidos y condenados a muerte por el Faraón Mehenet por el solo delito de que entre los diez le habíamos construido una morada en Menphis, la cual aparecía al exterior como una pequeña fortaleza para guardar los más hermosos ejemplares de fieras, traídos de las selvas y de los desiertos vecinos al Tronador. Pero al centro existía una gran cámara secreta con todo cuanto pudiera ambicionar el soberano  más exigente, para permanecer allí durante largo tiempo en previsión de  posibles invasiones, acaso más devastadoras y terribles que las de los Hicsos, cuyos rastros aun ahora pueden verse en todas partes donde pusieron sus pies. Y esta cámara secreta tenía además, entrada y salida hacia uno de los grandes brazos del Nilo, o sea, al pie del murallón donde apoyaba su basamento uno de los grandes puentes. Uno de los diez era el arquitecto, jefe de esta cuadrilla de obreros del mármol; pero los diez conocíamos todos los laberintos de la entrada y de la maravillosa cámara secreta, que dejó estupefacto a Mehenet el Faraón, por la atinada combinación de los resortes  secretos. Y el día que lo invitamos a penetrar juntamente con nosotros para que nos diera su veredicto de aprobación y a la vez, entregarle el manojo de llaves que le harían dueño de aquel palacio escondido donde podría salvar su vida en caso de peligro, pudimos notar que su expresión de júbilo y asombro, pasó rápidamente, y su faz se tornó ceñida y hosca.

    Bien –nos dijo– habéis hecho una grande obra que se merece la inmortalidad entre los dioses secundarios de las orillas del Nilo. Yo mandaré construir estatuas con vuestros nombres, y me encargaré de que todos vuestros familiares sean sustentados del tesoro público.

    Era más de lo que nosotros podíamos haber soñado.

    −Guiadme una vez más – nos dijo- por este laberinto y que sepa yo como entrar y salir.

    Uno de nosotros oyó una voz íntima que le dijo como en el fondo de su propio pecho: “No salgáis, que hay arqueros para mataros apenas asoméis la cabeza fuera de la entrada. Estáis condenados a muerte para que no quede sobre la Tierra nadie que conozca el secreto.”

    −Faraón, díjole de pronto el Jefe de nuestro grupo ya avisado: “la voz de los muertos nos habló al oído y sabemos que a la entrada del subterráneo  habéis apostado arqueros para matarnos, porque tenemos el secreto de  este palacio oculto. Estáis en nuestro poder y de aquí no saldréis, si no me dais vuestro anillo para presentarnos a esos esbirros con vuestra orden de alejarse.”

    Mehenet se quedó aterrado, pues nos vio a los diez resueltos a cumplir  la consigna. Y entregó el anillo, a cuya vista los arqueros se alejaron, pues ello indicaba que la sentencia quedaba suspendida.

    Sabíamos a qué atenernos, y que esta clemencia forzada era para muy poco tiempo. Y apenas salidos del laberinto, sin atender ni siquiera a abrazar  a los nuestros, disfrazados de mercaderes o de guardianes de bestias, huimos al país donde nace el Sol, por el mismo camino que vosotros habéis seguido hasta aquí”.

    Así pagan los poderosos de la Tierra, los esfuerzos y sacrificios de sus servidores.

    Mas, de no haber ocurrido esto, nosotros no habríamos conocido aquellas regiones, donde pronto debe aparecer la misma Luz Divina que nació y se eclipsó en el Éufrates y en el Nilo.

    De las maldades e ignorancias humanas, la Ley Divina sabe extraer el bien, la gloria y el amor para los justos, así como el triunfo de sus obras grandiosas de redención humana.

    Los dos más ancianos expiraron en nuestros brazos y después fueron siguiéndoles otros y otros. Y cada uno que vimos morir, nos repitió las mismas palabras: “No olvidéis que somos los últimos Kobdas, y que nuestro deber es extraer del fondo de todas las cosas lo más hermoso que hay en ellas para tejer la filigrana de la vida”. De nuestra sentencia de muerte y proscripción a tierra extranjera, debemos hacer brotar los resplandores de la Verdad y Sabiduría sobre países habitados por  humanidades aptas ya para recibir la simiente. Debemos ser los primeros guijarros que se apilen para levantar un nuevo edificio, una torre con un faro en lo alto que sirva de orientación a los viajeros. Allá en el Nilo, han quedado Kobdas disfrazados de pastores, guardianes del tesoro de Sabiduría que escucharon nuestros antepasados de los labios del Hombre-Dios. Cuando nosotros tengamos preparados un Templo-Escuela y unos pocos discípulos como simiente de esa enseñanza en estos países que verán  la  Luz Divina a su hora, llegarán viajeros desconocidos trayendo a la humanidad de Altái, lo que hizo la grandeza y la dicha de otras edades que ni aun viven ya en el recuerdo de los hombres.

    Murieron siete de aquellos diez que escapamos a la sentencia de muerte dictada por el Faraón, y son siete juramentos que hemos pronunciado junto a sus lechos de moribundos, de esperar la llegada de unos viajeros desconocidos que nos traerían el tesoro de Sabiduría legado por nuestros heroicos antepasados.

    Mediante las facultades del espíritu cultivado en el Amor y la Justicia nos hemos comunicado a través de las distancias. Todo era esperanza, vacilación, duda; unos resignados y largos “puede ser”, que escapaban de nuestro corazón para tornar a él, como un pavoroso secreto destinado a vivir siempre oculto. Año tras año he realizado este mismo viaje en las épocas en que vienen las grandes caravanas. Según el anuncio, debían llegar los  que esperábamos tan ansiosamente. Tras un bosque de palmeras y de bambúes, en el nacimiento de la gran cadena montañosa de los Chatas Occidentales, se halla nuestro nido, a la espera de las golondrinas portadoras del pan espiritual que calmará el hambre de la humanidad.

    Desde nuestras cumbres de roca, bajamos casi diariamente a la gran aldea de Bombay, llamada Mercado de los occidentales, porque es la plaza fuerte donde se han confundido desde hace muchísimo tiempo los productos  de los hombres del Nilo y de los hombres del Altái.

    Habéis venido como empujados por una fuerza oculta que no acertáis a explicar, como venía yo año tras año en busca de una ilusión, que soñaba ver convertida en realidad. Mi cabello blanquea ya, pero los hombres del oriente no tenemos prisa en tocar lo que el alma percibe cerniéndose en el futuro entre penumbras y claridades. Con igual perseverancia habría esperado hasta que mi cuerpo cayera en la fosa. Tal es la inmensa ventaja que  tenemos sobre los demás, los que vemos en la muerte, sólo un cambio de ropaje y de escenario. Ayer, hoy, mañana, todo es un mismo camino para las almas afiliadas a la Alianza del Hombre-Dios.”

    Davasen y Durando oían encantados la palabra de aquel hombre que les hablaba tal como les habían hablado sus padres. Su faz iluminada por el Sol naciente, adquiría por momentos resplandores de oro y de fuego.

    Vuestros padres – dijo- os habrán enseñando a cantar himnos al Creador que nos manda la luz de su Sol, y nosotros cantamos también. Y sacando de su maleta de viajero una pequeña lira rústicamente fabricada de bambúes y de nácar, se puso de pie a la puerta de la tienda y preludió una melodía que los dos jóvenes reconocieron.

    Era la misma música del viejo Himno del Amanecer que les enseñaron sus padres. Y el extranjero cantaba y ellos le seguían a media voz, mientras los chicuelos escuchaban, sin entender lo que oían ni lo que veían.

    El genio se descubre siempre aunque quiera ocultarse. Y ya fuera que  la maga de la intuición susurraba lejanos secretos al oído de los dos hermanos o que las voces sin ruido de los invisibles asistentes a esa escena les trajeran recuerdos de viejas historias oídas repetidas veces a los últimos Kobdas, ambos jóvenes exhalaron de pronto un clamor, un llamado como si fuera hecho al borde de un abismo donde dormían un largo sueño los siglos que pasaron: ¡Bohindra!

    El hombre de la lira terminó tranquilamente y con los ojos humedecidos de llanto y llenos de la luz del éxtasis que le había invadido ante la Suprema Belleza que contemplaba, les dijo sonriendo dulcemente:

    Bohindra o Veda-Bara, todo es un mismo aleteo de este pajarillo viajero de la eternidad.

    Y siguió a los jóvenes hasta la tienda, donde le abrieron la caja en que había viajado desde el Nilo, la momia del Kobda-Rey, que vivió y murió cantando al amor, esa fuerza suprema y divina que hace los mártires y los santos.

                                                 

* * *

 

    Diez días después, o sea los necesarios para descargar los productos traídos del lejano Altái, y cargarlos de nuevo con los que debía llevar procedentes del Éufrates y del Nilo, nuestros amigos trasladaban a bordo del velero color ceniza con pabellón violeta y oro, sus arcas con momias y con el tesoro de Sabiduría que ya conocemos. Pero antes de seguirlos en el largo viaje, escuchemos una interesante conversación entre Veda-Bara, Davasen y Durando a la tercera noche de la llegada del viajero.

    Los dos niños dormían, porque estas veladas se prolongaban ordinariamente hasta muy pasada la medianoche. Ambos hermanos aprendían con el viajero la lengua hablada en las comarcas que iban a ser su patria de adopción.

    Y de estos niños, ¿Qué pensáis hacer? – preguntó de pronto Veda-Bara, viéndoles dormidos el uno al lado del otro sobre su lecho de heno y pieles de oveja.

    −Llevarlos con nosotros, si no tenéis inconveniente, contestó Davasen.

    −Los pobrecillos no tienen a nadie sobre la Tierra, añadió Durando.

    −A propósito, dijo otra vez Davasen, quizás vos podáis descifrar un secreto referente a ellos. Y buscó en sus bolsillos las plaquitas y la tela encerada ya conocidos por el lector.

    A poco de observarlas, el viajero hizo estas afirmaciones:

    −Estos niños son suleimanes de origen, o sea de la región de los Montes Suleimán. El mayor se llama Ludovan y el pequeño Dalay. Son hijos de  una esclava elamita y de un Jefe guerrero del Principado de Bolan, de  nombre Sindraya. Mirad lo que puede leerse en esta tela encerada:

    “Yo, Lari, elamita del Golfo Grande, entrego mis dos hijos Ludovan y Dalay, salvados de la muerte a que los había destinado la esposa de Sindraya, su padre, a El Kusa, guía de las caravanas del Nilo, al cual entrego  todo cuanto poseo: las esmeraldas recuerdo de mi madre para que mis niños tengan pan y techo. En la isla de Kispan, en las aguas del Estrecho, podrán ellos encontrar mi parentela, a donde volveré algún día.”

    − ¡Pobre mujer!, exclamaron a una voz ambos hermanos.

    −Guardad todo esto, díjoles Veda-Bara, que quizás podamos encontrar todo el tejido, ya que tenemos el extremo del hilo con que se ha tejido esa maraña. Es tan común todo esto en los países de donde vengo, que nada puede extrañarme. Allí no ha llegado aun la claridad que vieron un día  los hombres del Éufrates y del Nilo. Allí reinan el dolor y las tinieblas y no hay un sitio claro y sereno donde puedan encontrar solaz las almas que saben sentir. Transformar en praderas iluminadas de sol, de paz, de trabajo y  de abundancia, es la tarea que nos incumbe a los sucesores de los Kobdas de Negada. Lo que ellos hicieron en la región de los Cinco Mares, lo haremos nosotros en las vastas comarcas de las tres cordilleras: los Gigantes (los Himalayas) y los Gatas de oriente y de occidente.

    − ¿Pero sois numerosos que habláis de transformar comarcas y países?

    −No; por hoy somos nada más que cincuenta hombres de buena voluntad que nos permitimos soñar con la transformación de vastos países poblados de míseros esclavos y de príncipes tiranos. Quién no conozca lo que es la fuerza de la voluntad encaminada al bien y a la justicia, podrá llamarnos visionarios o locos. Pero nosotros sabemos a qué atenernos en nuestros caminos, y sabemos cuál es el punto final de esos caminos.

    ¿Qué tardaremos mucho tiempo en llegar? Puede ser, pero llegaremos.

    Tal es nuestra firme convicción.

    Iguales palabras nos repetían a diario nuestros padres, los últimos  Kobdas de Neghadá, observó con tristeza Durando:

    Llegaremos…decían ellos pensando en el día de su encuentro con vosotros, mas ya veis ¡nunca llegaron!

    −Ellos no, pero vosotros dos que sois su prolongación, llegasteis. ¿Y qué es la muerte para quién tiene la eternidad de la vida por delante?

    Vuestros padres no tardarán cuarenta lunas en volver a la vida entre los valles y las montañas del Tronador, y volverán a una escuela de hombres conscientes, y formada para empezar la siembra en gran escala. ¿Creéis acaso que hemos descuidado la formación de hogares,  perdidos entre los montes como nidillos de águilas,  donde puedan hallar refugio los que saben volar muy alto?

    Los seguidores de la Divina Sabiduría no caen de otros mundos como aerolitos en medio de populosas ciudades, sino que vienen por los caminos ordinarios de toda vida física humana. Y nosotros educamos a los que serán sus progenitores en un futuro más o menos cercano.

    Mucha luz tuvisteis al igual que yo en otra época y esa luz está velada para vosotros en este momento, porque vuestra misión era sólo de guardadores de momias, que son la muerte. Mas cuando esas momias sean removidas y devueltas a urnas de piedra, ya veréis como se enciende una nueva claridad para vosotros. Me fue revelado en el sueño de esta noche, que uno de vosotros, aun no se cuál, fue guardador de este mismo tesoro, en una edad  tan lejana que se pierde casi en la noche de los tiempos.

    −Acaso seré yo – dijo Davasen – porque muchas veces he soñado con  unas altas montañas pobladas de abejas y de cabras, tapizadas de viñedos y de bellotas de oro, con unas grandes cavernas de piedra blanca, tan blanca como las cabelleras de todos los hombres que conmigo convivían haciendo… no sé que, pero ocultos a todas las miradas como si temiesen ser reconocidos por los hombres.

    − ¡Oh, amigos míos!: ¡Pocos días nos restan de enigma y de misterio!, exclamó con voz profética Veda-Bara. Cuando ya en nuestras moradas de roca registremos todo cuanto traéis en esas arcas, veremos nuestro largo pasado y de allí sacaremos fuerzas, entusiasmo, valor sobrehumano para lanzarnos a la conquista de todo un mundo para la civilización, para la sabiduría, para el amor de todos los hombres y de todas las razas sobre la Tierra.

    Tres días después el velero color ceniza con pabellón violeta y oro, se hacía a la vela seguido de sus barcazas de carga, repletas sus bodegas de los  cereales del Nilo, de los productos de Arabia y de Persia, pues de ambas orillas del Golfo Grande habían levantado cargamentos como para alimentar una numerosa población durante largo tiempo.

    Las veintiocho cajas de momias habían sido cuidadosamente dispuestas en una de las cámaras del velero en que viajaba Veda-Bara con Davasen, Durando y los dos niños.

    Los dos hermanos originarios del Nilo, treparon tan alto cuanto pudieron en el palo mayor para contemplar a través de los ángulos formados por los picos de las montañas de Arabia, los valles lejanos del Nilo, en cuyas riberas habían nacido y adonde estaban seguros de no volver jamás.

    − ¿Qué más tiene una tierra que otra tierra?, decía Davasen a Durando, si en ninguna parte tenemos familia que nos espere.

    − ¡Es verdad!, contestaba su hermano, ¡pero estos corazones de carne se prenden a la tierra que nos vio nacer, como abrojos a los vestidos! ¿No lo crees así?....

    −Un poco sí, y un poco no, hermano. Desde que hemos hablado en intimidad con Veda-Bara, estoy empezando a creerme, que allá adonde vamos es mi verdadera patria.

    Y cuando dejaron de percibir las llanuras de los valles nativos, bajaron a  la cubierta para contemplar las costas erizadas de adustas rocas del  País de Arab, y las costas festoneadas de fértiles montañas cubiertas de almendros en flor, del País de Elam o Persia (hoy Irán).

    Navegando por el Golfo Grande, Davasen y Durando comenzaron a comprender que la tristeza de sus vidas solitarias entre los antílopes y  los avegrús de los valles del Nilo, eran dicha y gloria comparadas con las vidas de tremendos sacrificios de los esclavos destinados a la pesca de las valiosas perlas de aquellas aguas, que al decir de los mercaderes que especulaban con ellas, no habían en el mundo otras que pudieran igualarles.

    Aquellos infelices semidesnudos, ennegrecidos por las grasas malolientes de que les untaban el cuerpo para que no perecieran ateridos de frío en el invierno, les daba el horrible aspecto de bestias con formas humanas, con sus cabelleras enmarañadas por entre cuyos mechones relampagueaban unos ojos a veces cargados de furor, de odio o de hambre y angustia  ante un sufrimiento que no les proporcionaba ni aun la ventaja de la libertad.

    ¡Eran esclavos! Y no había para ellos sino un solo horizonte: las aguas del Golfo Grande con sus feroces bestias marinas de las cuales debían defender se a puñal llevado entre los dientes, y la mísera cabaña donde el látigo del amo se hacía sentir en sus espaldas si volvían a la superficie sin haberse ganado la cestilla de almendras y el queso de cabra, su único alimento.

    Son los infelices pescadores de perlas – díjoles Veda-Bara, cuando vio el espanto de ambos hermanos ante aquellas monstruosas figuras humanas que emergían de tanto en tanto a flor de agua y entregaban algo a un hombre malhumorado que los seguía desde una chalupa, a la cual estaban aquéllos atados con largas sogas.

    Y a veces ocurría que el amo tiraba de la soga cuando era hora de tornar a la cabaña, y en vez de un hombre, salía sólo la espina dorsal con los trozos de entrañas, piltrafas sanguinolentas de carne chorreando sangre, lo único que había quedado del hombre devorado por las bestias feroces del mar.

    Los arrojaban al agua con una cuerda sujeta al cinturón de cuero, que  les ajustaba un trozo de burda tela que les cubría la desnudez.

    El amo no se inmutaba siquiera, sino que rápidamente buscaba el pequeño bolsillo cosido al cinturón, por si el infeliz había tenido tiempo de esconder allí el fruto de su sacrificio.

    Davasen y Durando estaban lívidos, ante un espectáculo semejante.

    Hombres malos y duros, avaros y egoístas había también en el Nilo… pero esto… ¡oh, esto, ellos no lo habían visto jamás! Ni lo habían soñado siquiera en las pesadillas de sus noches agitadas.

    Y a esta tierra de horrores caminaban ellos con su cargamento de momias y de Divina Sabiduría.

    Veda-Bara lo comprendió todo y apartándolos de cubierta, los llevó a su cámara particular.

    No sufráis así por lo inevitable – les dijo – Vosotros venís recién de un país donde una vez brilló la Luz de Dios que hace a los hombres menos feroces y malos de lo que son los que nunca vieron la Luz Divina.

    Los dos hermanos estaban mudos. Aquel horror superaba a cuanto pudieran pensar. Temían hablar demostrando vacilación y cobardía. Los dos chicuelos los miraban asustados sin comprender lo que pasaba por ellos. Habituados los niños a escenas como aquéllas puesto que habían crecido en el Golfo, no imaginaban que la muerte de infelices esclavos pescadores de perlas pudieran afectarlos tanto.

    Comprendiendo Veda-Bara que sus compañeros estaban agitados por sombríos pensamientos que les provocaban una lucha interna de grandes  proporciones, trató de iniciar una confidencia que les fuera un lenitivo y a  la vez, un confortamiento espiritual.

    −Me parece –dijo– que sé lo que estáis pensando.

    − ¡Oh! –dijo Davasen, no es difícil saberlo después de lo que acabamos de ver. ¿En qué hemos de pensar sino en las espantosas escenas de los  infelices pescadores?

    −Los hombres del lejano oriente decimos: “lo irremediable no debe ocupar el pensamiento, porque ello implica desgaste de energías, que encauzadas en otro sentido serían grandemente benéficas.”

    −Pero es horrible cruzarse de brazos ante un espectáculo semejante, insistió Durando, que no podía apartar de sí lo que había presenciado.

    −-En mis frecuentes viajes a la espera de vuestra llegada – siguió diciendo Veda-Bara – he tenido la oportunidad de hacer estudios detenidos y profundos sobre estos infelices y hasta he movido fuerzas psíquicas y materiales para remediarles.

    − ¿Y qué obtuvisteis?

    − ¡Nada! Todos mis esfuerzos se estrellaron contra algo que en este caso  parece inamovible.

    Entonces busqué de entender en lo posible la causa de la atroz expiación de estos seres condenados irremediablemente a morir despedazados  por  las bestias del mar y sin compensación alguna para ellos. En la anterior estadía del Hombre-Dios en el planeta, en la personalidad de Abel, hubo una reina en las comarcas del norte del Mar Caspio, cuyo nombre era Shamurance, cuyo templo y cultos eran a base de torturas físicas, de sangre y de muerte.

    Y su corte de Sacerdotes y de Príncipes, respondía admirablemente a la feroz tendencia ideológica de su soberana. Se comprende que eran seres salidos apenas de inferiores especies y que su última morada fue acaso en bestias feroces. Y la visión mental que me fue presentada, conjuntamente con el pensamiento de los infelices pescadores del Golfo Grande, me dio la clave de sus torturas.

    Comprendí que habían pasado muchos siglos en que centenares y aun millares de ellos estuvieron afiliados a las huestes enemigas del Espíritu Luz Instructor de esta humanidad, y que cometieron crueldades, injurias, torturas, matanzas en masa entre los seguidores del Ungido.

    Mártires heroicos hubo entre los marinos de Juno, entre los adeptos de Numú, entre los Profetas Blancos de Anfión, entre los discípulos de Antulio. Y como si las aguas del Gran Golfo fueran un escenario gigantesco, apareció ante mi espíritu horrorizado, las espantosas carnicerías hechas por las huestes de las tinieblas en los discípulos del Cristo.

    Y cuando hube comprendido claramente que los pescadores de perlas, que exitaban tan hondamente mi conmiseración, no hacían sino expiar sus viejos delitos, sentí la íntima voz de mi Yo que me decía: “No te espantes así, que la expiación que ha comenzado apenas para ellos es aun suave comparada con los dolores que sembraron desde muchos siglos atrás.”

    − ¿Y si ahora la comienzan, digo yo, cuándo la terminarán?

    −“Cuando se haya extinguido en ellos la capacidad de hacer el mal a sus semejantes a sabiendas de que lo hacen”, contestó esa íntima voz serena y honda que en momentos dados parece que dialoga con nosotros mismos.

    − ¡Justicia Divina… cuán inexorable eres!, exclamó Davasen, comprendiendo claramente cuanto acaba de oír.

    −Según esto, dijo Durando, nuestros padres Kobdas que fueron aniquilados casi completamente a golpes de hachas, a tiro de flechas envenenadas, despedazados por potros salvajes, después de haberlos mutilado de espantosa manera, ¿ fueron sin duda víctimas de los que ahora lo son de los tiburones y bestias del mar?

    − ¡Justamente! Vosotros y yo, que tanto nos compadecemos de su triste situación, hemos sido también víctimas suyas. Esto no obstante, no hará que nuestro corazón se cierre para ellos, sino que nos hará rogar  a  la Divinidad, que tan dolorosa expiación los redima y los salve.

    − ¿Decís que habéis hecho experiencias sobre ellos para salvarles?, preguntó Davasen.

    − ¡Oh!... ¡muchas!... Ya veréis: en uno de mis viajes compré cuatro de esos desventurados, ya de edad viril, y que desde luego llevaban buen tiempo de conocer esa espantosa vida. Les di libertad, o sea que anulé su condición de esclavos y les entregué a cada uno la tarea que debían desempeñar como jornaleros libres en nuestros campos de pastores y de plantaciones.

    Y, ¿qué pensáis que hicieron para corresponder a mis buenos oficios para con ellos?

    −Vos lo diréis.

    −Os lo digo de inmediato: encontraron que las porciones de ganado o de tierras de cultivo que tenían los jornaleros vecinos, eran más apetecibles  que las suyas y muy disimuladamente los fueron sacando de en medio, a unos haciéndoles morder por un áspid venenoso mientras dormían tranquilamente en los campos; a otros, precipitándolos con engaños desde la cima de una roca cortada a pico sobre un abismo, o envenenándolos con brebajes preparados por ellos mismos.

    En catorce lunas de haberles dado la libertad entre nuestros labriegos y pastores, perdimos casi dos veintenas de ellos, hasta que bien comprobados los hechos, nos vimos en el doloroso trance de entregarlos a la Casa de Corrección y allí están bajo estrecha vigilancia.

    ¿Comprendéis ahora que con estos pobres seres, dañinos para sus semejantes, no se puede dejar libre el corazón para que los compadezca?

    − ¡Es verdad!, contestaron ambos.

    −Sería lo mismo que soltar una piara de lobos en un jardín lleno de niños.

    −En tales casos como éstos, no podemos decir otra cosa que decir:

“Paso a la Justicia Divina y que ella les sea benéfica para su redención”

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