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Abel
el Justo Amado de Dios
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Lo cierto es que Adamú y Evana volvieron al anochecer a su caverna aumentados en familia, con el pequeño huérfano (Kaino) que empezó a caminar por sí sólo a poco de haberle encontrado. En su infancia hizo el mismo camino de Adamú, y el pequeño hijito de Madina, fue su primer juguete y su más constante compañero.
Era de carácter impetuoso y vivaz, y daba gritos de ira cuando caía o se veía contrariado en sus deseos. Ambos le quisieron mucho, haciéndole objeto de todo su cariño hasta que quince lunas después les nació Abel, como un loto blanco, en la tibia claridad de una noche de luna, en plena primavera.
Aquel primer retoño del árbol frondoso de un amor de adolescentes, fue el sagrado tabernáculo en que se encerró el Verbo de Dios hecho carne, la palabra de Verdad Eterna hablada por Dios a la humanidad; el reflejo divino del Eterno Amor derramándose en esta tierra, como la cauda luminosa de un astro que flotara sobre las tinieblas de la humanidad.
Y Evana, que aún no había vivido catorce años
completos, se sentía niña todavía, y jugando a veces con los dos pequeños, les
cerraba los ojos, encendía la antorcha de hojas secas de palmera y decía con
inimitable gracia:
-Soy la diosa Minerva enseñando la divina Sabiduría a los niños ciegos.
El nacimiento de Abel tornó más grave y serio a Adamú, que se había desarrollado notablemente, representando en apariencia unos dieciocho años cuando sólo tenía catorce.
El carácter celoso de Kaino se notó desde los primeros días de vida terrestre de Abel. Le hacía daño el ver al pequeñín en el regazo de Evana y por mucho que ella luchó por anular en el niño esa naciente pasión, no pudo conseguirlo, sino que por el contrario, parece que creció con los años. Pero no anticipemos acontecimientos.
Ningún suceso, extraordinario se dejó ver en el mundo físico al nacimiento de aquel niño, que bajaba a la tierra con el Mensaje Divino del Padre, pero, entre los Kobdas de Neghadá y del Caspio y los que estaban diseminados en las cavernas, en la concentración espiritual de esa noche, los videntes, contemplaron llenos de intensa emoción, el descenso radiante del espíritu de luz hacia una caverna de las orillas del Mar Grande, habitada por un matrimonio de adolescentes.
Un inmenso cortejo de las almas mensajeras de Dios, acompañó al excelso Mártir a su nueva inmolación terrestre, y por muchos días continuaron flotando entre la atmósfera del plano físico, hasta que el espíritu misionero estableció la perfecta conjuncion con el cuerpecito infantil.
Y en las radiantes visiones de la Mansión de la Sombra habían resonado las mismas armonías, las mismas voces sin ruido para el resto de los hombres, que se escuchan en todos los mundos a la aparición de los Mesías en el plano físico: "Gloria a Dios en los espacios infinitos", "Paz a los seres de buena voluntad"!
El Verbo de Dios ha nacido en la tierra! -exclamaban los Kobdas, en la suprema felicidad del éxtasis. Y por si acaso los que se hallaban diseminados en Ias cavernas no lo sabían, dado que no disponían allí de las energías astrales y etéreas acumuladas desde siglos, en el Santuario, el Alto Consejo dispuso la salida de mensajeros hacia todos los Edenes y Refugios de Hijos de Numú, anunciando el grandioso acontecimiento, y ordenando a la vez que recorrieran las cavernas, de la costa del Mar Grande a fin de encontrarle y proveer a sus necesidades físicas.
Algunos Kobdas dotados de grandes facultades psíquicas habían observado en las manifestaciones plásmicas de la noche del nacimiento del Verbo, que su radiante cortejo espiritual descendió sobre e] pronunciado golfo que forma el Mediterráneo en la parte noreste y esa indicación fue dada a los mensajeros ...
Orígenes de la Civilización Adámica Volumen I Tomo I pag. 192-193.