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biografía de la autora

 

 

ARPAS ETERNAS
PARTE DEL CAPÍTULO: EN LAS GRUTAS DEL CARMELO

 

Fue desde esta hora solemne que comenzó a exteriorizarse el alma elegida y sublime de Yhasua, a tal punto, que alarmados sus padres, pidieron consejo al Anciano esenio que le servía de maestro, y éste les recomendó que le dejasen llevarle con él, al santuario oculto en las grutas del Monte Carmelo, para que los videntes e inspirados le guiasen en la senda que aquel gran espíritu había iniciado.

Y para que el acontecimiento pasara desapercibido, esperaron la llegada del estío, que es como una llama de fuego en aquella parte de la Palestina, tiempo en que las escuelas cerraban sus puertas dando lugar al descanso de los alumnos. Y en una noche de luna llena, el Anciano y el niño emprendieron el viaje acompañados por Myriam y Yhosep, y uno de los hijos mayores de éste, el que llevaba el nombre de su padre, y que por su gran adhesión y clara lucidez para comprender que en Yhasua se encerraba un ser extraordinario, tenía por el dulce niño, una especie de rendida y profunda veneración.

Les acompañaron hasta Séphoris, sobre el viejo camino de los mercaderes hacia Tolemaida, y que era muy frecuentado por caravanas de viajeros, lo cual le daba seguridad de no tropezar con bandas de malhechores, que desde las fragorosas montañas de Samaria solían sorprender a los viajeros.

En Séphoris ya les esperaban cabalgaduras, asnos amaestrados para escalar montañas, enviados por los solitarios que lo hacían de tanto en tanto en busca de provisiones, y que puestos de acuerdo anticipadamente, debía coincidir con la llegada del Anciano y del niño Yhasua.

Era la primera vez que Myriam se separaba de su hijo y estaba desconsolada en extremo.

Volvía a su mente el pensamiento del Anciano Simeón de Betel, que al ofrecer su niño a Jehová a los cuarenta días de nacido, en el grandioso templo de Jerusalén, habíale anunciado que “siete espadas de dolor le atravesarían el corazón”.

—He aquí la primera –decía la joven y amante madre, apretándose el corazón con ambas manos, y esforzándose por contener su llanto.

—Devolvédmelo pronto, por piedad –rogaba al Anciano, que se llevaba a los montes su tesoro, dejando huérfano y solo su corazón.

—Vendremos a Séphoris con frecuencia, para encontrar a vuestros enviados por provisiones, y así sabremos del niño –añadía Yhosep, a quien el hondo desconsuelo de su esposa lo sacaba de quicio–.

“Tenía yo razón de no ver con buenos ojos las rarezas de este hijo. Más valiera que como los otros hubiera sido capaz de empuñar la sierra y el martillo, y no seguir el camino de los Profetas, lo cual equivale a entregarse él mismo al martirio y a la muerte”.

Y al decir Yhosep estas palabras, se obró una rápida reacción en él y ordenó con gran energía:

— ¡Pero..., soy un imbécil! El padre del niño soy yo, y tengo derecho a mandar en él. ¡Yhasua!..., de vuelta a casa, y que no se vuelva a hablar más de profetismo y de visiones. ¿Por qué no has de seguir tú, el camino de tus mayores? ¿Es deshonra acaso el trabajo, de donde todos mis antepasados sacaron el pan con el sudor de su rostro?

“¿Por qué ha de padecer su madre esta tremenda angustia, de que le arranquen de improviso a su hijo quién sabe para cuánto tiempo?

“¡De vuelta a casa he dicho y no se hable más!

Myriam estaba aterrada, pues nunca había visto así a Yhosep, aun conociéndole su carácter reservado y severo.

El niño Yhasua se había tomado de la diestra del Anciano, que esperaba ver calmarse la borrasca para hablar.

Yhosuelín como familiarmente llamaban al hijo de Yhosep que les acompañaba en el viaje, intervino para suavizar la actitud de su padre en el cual tenía gran ascendiente.

—Padre –le dijo–, creo que no hay razón para ponerte así, cuando se trata de curar al niño que acaso no es rareza extravagante, sino una enfermedad lo que padece. Todos sabemos que los Ancianos solitarios del Carmelo son grandes terapeutas, y acaso nos devolverán a Yhasua completamente curado de esas visiones que le causan tristeza y melancolía.

“Para tenerle así toda la vida, es preferible este breve alejamiento en busca de su curación. ¿No lo crees tú así, padre?

—En parte tienes razón –contestó Yhosep, ya vacilante. Todos esperaban en silencio.

—Que vaya también su madre y tú con ellos –aceptó de pronto con un tono que dejaba ver una resolución definitiva.

— ¿Y tú –interrogó tímidamente Myriam–, y la casa y los otros niños?

—No pases cuidado; yo me arreglaré con todo. Ahora mismo, de vuelta me llevo alguna de nuestras primas de Canaán, para que nos haga de ama de casa hasta vuestro regreso. Entonces..., andando, y que cada sábado me encuentre tranquilo con un aviso vuestro de que todos estáis bien.

Yhasua se abrazó de su padre, al cual dijo con voz suplicante:

— ¿Me perdonarás todos los disgustos que estás pasando por mi causa?

La severidad de Yhosep se ablandó hasta las lágrimas, y levantando al niño en sus robustos brazos le besaba tiernamente, mientras le decía:

—Sí, hijo mío, te perdono todo, aunque de nada eres culpable; pero aún no puedo entender por qué Jehová castiga mis culpas en ti, y no en mí mismo, que lo merezco.

El pequeño le puso sus deditos de rosa sobre la boca al mismo tiempo que murmuraba muy bajito:

—Jehová no te castiga, padre, sino que te despierta porque estás dormido.

— ¿Yo dormido?..., ¿qué dices, niño?

—Sí, padre, tú duermes y mis otros hermanos también. Sólo Yhosuelín está despierto como los Ancianos de los Santuarios.

— ¿Qué quieres decir con eso? –interrogó alarmado el padre, mirando al Anciano para buscar de develar el misterio.

—Que Jehová me trajo a tu casa como un cántaro de agua para que todos beban; y tú en vez de beber te enfadas, porque esa agua no te sirve para regar tus plantaciones.

“Jehová tiene agua para los huertos, y agua para las bestias y agua para las almas de los hombres.

“Yo soy el cantarillo de Jehová para estos últimos. ¿Quieres beber, padre, y no te enfadarás más conmigo? –Y rodeando con sus bracitos el cuello de Yhosep, lo besó en la boca con un beso mudo y largo, cual si en verdad le diera a beber la interna y cristalina corriente de amor divino, que emanaba de su corazón de Cristo-hombre.

— ¡Ahora despierto, hijo mío! –murmuró Yhosep profundamente enternecido, mientras se inclinaba a dejar el niño en tierra para ocultar dos gruesas lágrimas que rodaron por su rostro, ya sin los vestigios de la severidad de unos momentos antes.

— ¿Me dejas partir, de buena voluntad? –interrogó nuevamente Yhasua.

—Sí, hijito mío, a condición de que Jehová me traiga pronto el cantarillo que dejó en mi casa hace ya diez años, porque no es justo que yo padezca sed.

—En la segunda luna llena después de ésta, volverá el cantarillo a tu casa, padre; ahora ya bebiste bastante.

Durante este diálogo, Myriam lloraba en silencio y Yhosuelín con el Anciano esenio disponían un asno, el más manso y mejor adiestrado de todos para la dulce madre, cuyo dolor por la separación de su hijo, había causado la sublevación de Yhosep.

Era el caer de la tarde y debían aprovechar el fresco de la noche para viajar, máxime cuando una mujer y un niño iban en la caravana.

Dos esenios jóvenes y dos labriegos de las faldas del Carmelo vinieron a Séphoris para conducirles. Habían descargado la miel y castañas que trajeran, y vuelto a cargar las provisiones que debían llevar para el santuario.

Yhosep ayudó a montar a Myriam y subió al niño al asno que montaba Yhosuelín, al cual llenó de recomendaciones a fin de que el niño y su madre no tuviesen tropiezo alguno en el viaje.

—Descuidad, Hermano –díjole uno de los esenios jóvenes que debían conducirles–. Tenemos ya ordenado y dispuesto el hospedaje en familias esenias que hay diseminadas a lo largo del camino, a fin de que las horas de sol ardiente las pasemos allí, y sólo marcharemos desde la caída del sol hasta la mitad de la mañana.

—Bien, que Dios y sus ángeles os acompañen –murmuró Yhosep, con la voz temblorosa y los ojos húmedos. Cuando iniciaban la marcha se oyó todavía la vocecita del niño que decía a su padre, solo, de pie, a las afueras de Séphoris, en la explanada sombreada de palmeras, de donde arrancaba el camino de las caravanas:

—No vuelvas a dormir, padre, porque Jehová desatará huracanes para despertarte.

Yhosep sólo contestó con una señal de despedida, y volvió a la posada para iniciar a su vez la marcha de regreso a Nazareth.

Al comenzar la tercera noche de viaje llegaron al pie del Monte Carmelo, donde un alegre arroyuelo que bajaba desde una filtración de lo alto de la montaña, formaba un tranquilo remanso, alrededor del cual, las viñas y los castaños extendían sus ramas cargadas de frutas. Era aquello un hermoso pórtico de follaje que daba entrada a uno de los senderos más accesibles por los que se podía subir hasta la gruta de Elías, en la que se había construido el Santuario, consistente en muchas salas labradas en la roca viva y algunas de ellas recubiertas por dentro con grandes planchas de cedro.

La entrada principal era necesario buscarla donde menos pudiera pensarse que se la encontraría, tal como ocurría con los santuarios del Quarantana y del Hermón.

Aquí era la choza de piedra y pieles de cabra de un viejo pastor que vivía solo, con dos enormes perros y una majada de cabras, el que guardaba la entrada al célebre monte de los discípulos de Elías y Eliseo.

Para el viajero conocedor de las viejas crónicas de los reyes de Israel, se levantarían como fantasmas del pasado los guerreros de Acab, enviados allí para llevar cautivo a Elías que se negaba a presentarse al soberano que deseaba ver los estupendos prodigios que realizaba.

Aquellas crónicas tenían relatos espeluznantes, de las llamas de fuego llenas de dragones que envolvían al Monte, cada vez que los guerreros de Acab se acercaban a él.

Muchos de ellos habían perecido, no devorados por los monstruos, ni quemados por el fuego según decían, sino que el miedo y el terror que les impulsaban a huir, no les daba tiempo a salvar los precipicios en los cuales cayeron, pues queriendo sorprender al Profeta dormido, procuraban llegar con las sombras de la noche.

Uno de los esenios guías, refería a los viajeros al llegar al sitio más notable en las viejas crónicas, los sucesos particulares que en ellos tuvieron lugar.

La llegada a la choza del pastor, la anunciaron los ladridos de los grandes perros que le acompañaban. Enseguida se vio un hachón de palmeras ardientes en el extremo de una vara, que alguien entre las sombras levantaba a lo alto. Uno de los guías encendió también una pequeña antorcha, que agitó tres veces en el aire y los perros callaron, y a poco el viejo pastor salió a recibirles.

Todo lo rudo del personaje aquel, desaparecía al entrar al patio que se abría como un vergelito de flores ante la choza, en cuya habitación principal que era la sala del hogar, aparecía una mesa con blanco mantel y con enormes fuentes de barro llenas de castañas y tazones llenos de miel, cantarillos de leche fresca, queso de cabra y panecillos dorados al rescoldo.

—Madre –dijo el niño entrando, llevado de la mano por ella–. Parece que este anciano pastor adivinaba el hambre que yo traía. –Y sin más preámbulos se acercó a la rústica mesa, se sentó a ella y acercándose un tazón de miel la mezcló con la leche; se sirvió castañas y con suma tranquilidad empezó a comer.

—Hijo mío, espera que te sirvan –insinuó Myriam acercándose a su hijo.

— ¡No puedo esperar, madre! –respondió el niño–. ¿No es ésta la mesa de Elías Profeta? Pues él cuando tenía hambre no esperaba que lo sirvieran sino que tomaba, y cuando no la tenía, mandaba a sus águilas protegidas que le trajeran un pan para alimentarse. ¿No lo oíste, madre, en la sección de la Escritura el sábado último en la Sinagoga?

—Sí, hijo mío, pero tú no eres Elías.

El niño miró a la madre e iba a contestarle, pero la entrada del Anciano esenio, su maestro, que le dio una mirada llena de inteligencia, le hizo comprender que debía callar.

Todos celebraron alegremente el santo apetito del niño, a quien el viaje parecía haber favorecido en sumo grado.

—Pasada la cena, tío Jacobo, –indicó uno de los esenios jóvenes dirigiéndose al viejo pastor–, ¿nos abriréis la puerta de entrada?

—Pero, ¿cómo? –interrogó vivamente el niño–, ¿acaso no estamos ya dentro?

—Estáis en la antesala de la vivienda de Elías el Profeta –contestó con solemnidad el viejo pastor.

—Pues si las castañas y la miel de adentro son tan buenas como las de la antesala, aquí debe vivirse muy bien –volvió a decir Yhasua mientras continuaba comiendo.

—Hermanito –díjole Yhosuelín–, veo que te sienta el aire del Monte Carmelo, pues comes y hablas que es maravilla.

—La casa de Elías Profeta es energía y vida para mí.

— ¡Oh! ¡Bien, bien, Yhasua!, no hablas como un niño sino como un hombre –sonrió uno de los esenios jóvenes.

Cuando ya casi terminaban la frugal cena, sintióse un leve ruido como de un cerrojo que se corre, y esto en la obscura alcoba del pastor que comunicaba al rústico comedor.

Myriam, sobresaltada, se apretó más al lado de su hijo y con sus grandes ojos interrogaba.

—No os alarméis –la apaciguó el viejo pastor–.

“El Servidor se os ha adelantado sin duda. –Y levantando una candela de aceite que estaba sobre la mesa se acercó al hueco que comunicaba con la alcoba.

La luz dio de lleno sobre la blanca figura de un Anciano que se acercaba apoyado en una vara de encina.

—Tardabais tanto que me adelanté –dijo sonriente–. ¡La paz sea con vosotros! –Y sus ojos llenos de bondad y de inteligencia buscaron alrededor de la mesa, hasta encontrarse con la pequeña personita de Yhasua, cuyos grandes ojos claros parecían devorarlo con la mirada.

Se le acercó de inmediato y abrazándole tiernamente, decía:

—En los siglos de los siglos, no tuvo el Monte Carmelo la gloria de este día.

—Mi hijo está enfermo y viene a que le curéis –advirtió Myriam, después de contestar al saludo que a ella le dirigiera el Anciano.

—No paséis cuidado por él, que ya se curará perfectamente. El Monte Carmelo tiene aire de salud y de vida.

“Si habéis descansado, vamos, que la noche avanza y allá nos esperan”.

En uno de los muros de la alcoba del pastor se veía un hueco iluminado, y hacia él se dirigió el Anciano llevando al niño de la mano. Tras él seguía Myriam y Yhosuelín, después los otros esenios, y por fin el viejo pastor que les acompañó hasta la entrada a aquel silencioso túnel iluminado por antorchas colocadas a intervalos.

—Que Jehová te de buen sueño, Hermano Jacobo –dijeron los esenios despidiéndose del pastor.

—Que así os lo de a vosotros –respondió el viejo, y corrió la lámina de tosca piedra que ocultaba la galería.

Era aquel un breve pasaje que desembocaba en una plazoleta natural de rocas y de grandes castaños y olivos centenarios. La luna llena, iluminaba aquel bellísimo paraje, en el cual no se veía otra señal de vida orgánica, que el chirrido de las cigarras, interrumpido a veces por el graznido de las águilas, que anidaban en los árboles de la cumbre.

Aquella inmensa soledad sobrecogía el ánimo, y Myriam se tomó del brazo de Yhosuelín que caminaba a su lado.

—No temáis, madre –le murmuró al oído el jovencito–, que aquí no hay fieras que nos hagan daño.

Uno de los esenios jóvenes se adelantó y trepando a una roca alcanzó el extremo de una soga de la cual tiró. Una campana sonó de inmediato y casi al momento se descorrió por dentro un portón y la luz salió a torrentes.

—Estamos en la casa de Elías Profeta –señaló el Anciano Servidor haciendo pasar a Yhasua el primero.

El niño solo y sin temor alguno, se adelantó hacia el numeroso grupo de esenios que le salía al encuentro.

Eran cuarenta Ancianos y treinta jóvenes, los que se albergaban en la casa de Elías.

Era de ver la diminuta persona de Yhasua ante aquel círculo blanco que se iba cerrando en torno suyo, mientras todos le tendían los brazos.

—Empezaré por los más ancianos –dijo, y se entregó al tierno abrazo de un viejecito de espalda doblada y que temblaba al caminar.

— ¡Hijito..., hijito!... Esto esperaba para coronar mi vida –decía entre lágrimas el dulce ancianito a quien llamaban Azarías, y que era de los pocos que a causa de su ancianidad no había llegado hasta Nazareth para ver al Cristo encarnado.

El niño se quedó mirándole fijamente unos segundos.

—Tú –dijo de pronto y con gran firmeza–, me pusiste un día una túnica celeste y te quedaste muerto sobre mi pecho. No me pongas túnica ahora y vayas a morirte también.

Los Ancianos se quedaron como paralizados ante esta magnífica manifestación de lucidez espiritual.

Mas, como estaban allí Myriam y Yhosuelín que aún no habían llegado a estos conocimientos, callaron.

— ¡El niño empieza de nuevo a decir inconveniencias! –suspiró Myriam al oído de su hijastro–. ¿Qué túnica le va a vestir este Anciano, si ahora le ve por primera vez?

—No os aflijáis, madre, que todo esto pasará bien. Los Ancianos del Monte Carmelo son médicos maravillosos –respondió el jovencito.

—No temas, Yhasua –contestó el Anciano–, que mi hora ya está marcada para cuando tú, en el apogeo de tu apostolado puedas hacer penetrar la luz en la urna obscura que habré tomado para glorificar a Dios.

Y continuó abrazando a los demás Ancianos, hasta que llegando a uno de ellos que sollozaba intensamente, el niño le miró con fijeza y como si encontrara algo conocido en aquella fisonomía. De pronto se irguió como si quisiera mirarle bien de frente y le dijo:

— ¡Aarón!..., me gusta encontrarte aquí, antes que yo llegue a Moab, para avisarte que allí tendré que reunirme contigo. ¿Cómo es que no fuiste ninguna vez a Nazareth?

—Porque estuve en un país muy lejano..., justamente allí donde Moisés y Aarón glorificaron a Jehová con hechos maravillosos. Allí está Essen, que Moisés amaba, y que hoy se llama Filón de Alejandría.

—Yo iré a encontrar a Essen en la tierra de las Pirámides.

La pobre Myriam rompió a llorar y acercándose a su hijo, quiso apartarle de los Ancianos, cuyo acercamiento hacía delirar al niño según a ella le parecía.

El Servidor intervino.

—No padezcas, hermana, por este niño –le dijo con gran dulzura–. No es que delira; es que recuerda. ¿No has oído leer la Sagrada Escritura que hace referencia de los Profetas, que en momentos dados tenían presente el pasado y el futuro?

“Ya es hora de que vayas comprendiendo que éste, tu hijo, es de la alta Escuela de los Enviados, y no debes extrañarte de lo que ves en él. Si no cooperáis siquiera con vuestra tranquilidad, al desenvolvimiento de sus facultades superiores, la Ley tendrá que retirarlo de vuestro lado antes de la hora que estaba determinado.

El niño oyó este diálogo entre el Servidor y su madre, y la impresión que le produjo el llanto de ella, le volvió a su estado físico presente; se acercó a ella y tomándola de la mano se alzó en la punta de los pies para llegar hasta su oído y decirle muy bajito:

—Si tienes miedo, madre, en estas cuevas tan obscuras, Yhosuelín y yo haremos una chocita allá fuera junto al remanso, debajo de un castaño que vi cargado de frutas. Del santuario llevaremos pan y miel y ya tenemos la vida asegurada. –Y mirando a todos con sus ojos iluminados de infantil alegría, decía lleno de satisfacción–:

“Allí habrá mirlos, alondras y torcazas que tendrán nidos con polluelos que gustarán comer las migas en la mano. ¡Oh!, sí, esta es la casa de Elías Profeta. ¿No lo sabéis vosotros acaso?

Los Ancianos le observaban en silencio, y notaron el gran cambio que se operó en el niño cuando sintió llorar a su madre.

Y así comprobaron una vez más, el enorme daño que causa una impresión por leve que sea en la psiquis de un ser adelantado, en momentos en que él exterioriza sus grandes facultades

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