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Foros de discusión » ESPIRITUALIDAD » ¿Qué es el Reino de Dios, que anuncia Jesús?
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¿Qué es el Reino de Dios, que anuncia Jesús?
MensajePublicado: Tue Dec 07, 2004 1:08 pm Responder citando
izaza
Miembro
Miembro
Registrado: Sep 11, 2004
Mensajes: 61
Ubicación: México




¿Cuál la sustancia del mensaje de Jesús? Jesús no habla de sí mismo, no habla tampoco de la iglesia. Jesús no se coloca a sí mismo en el primer plano, se repliega tras la causa que el defiende. ¿Su causa? Se puede resumir en pocas palabras: es la causa de Dios, él lo resume en una frase: ha concluido el tiempo de espera. Se acerca el reino de Dios. Convertíos.

Al elegir la fórmula “Reino de Dios” Jesús sabía que sólo con ese lenguaje podía lograr que sus contemporáneos le entendiesen pues tenían mucho tiempo esperando la llegada del Mesías que los liberara. Solo que los judíos esperaban una liberación puramente nacionalista y Jesús trajo otra infinitamente más grande y universal. Tal vez por ello desilusionó a sus contemporáneos: porque les traía mucho más de lo que ellos se habían atrevido a soñar.



Así, todo su mensaje está subordinado a la idea del Reino de Dios y todo adquiere su unidad, su verdadero significado y su fuerza apasionante desde la realidad de este Reino.



Esta idea del Reino de Dios es el núcleo central de toda su predicación, la convicción más profunda, la pasión que anima toda su vida, el eje de su actividad y si no comprendemos su contenido y no descubrimos la fuerza y el atractivo de su llamada, corremos el peligro de no comprender gran cosa de Jesús.





Pero, ¿Qué es el Reino de Dios?





Es un nuevo orden de cosas.




Es mucho más que un reino plantado en medio del mundo de los hombres.



Se trata de un cambio en el hombre, en todo el hombre. Y no solo en el “modo” de vivir de los hombres, sino de un cambio en el “ser” del hombre, unas nuevas raíces, una nueva orientación de todo su ser, una nueva historia, una nueva realidad y no una simple nueva apariencia o un nuevo sentido solamente. Jesús no viene a “mejorar” al hombre, viene a “crear” un nuevo tipo de hombre y de mundo, un hombre regido por distintos valores, un mundo apoyado sobre columnas distintas de las que hoy le sostienen.



En este sentido Jesús predica algo subversivo, revolucionario: porque viene a destruir todo un orden de valores y anuncia un orden nuevo. Nunca jamás se predicó revolución como ésta.



¿Y qué abarca esta revolución? Lo abarca todo. Abarca el interior y el exterior, lo espiritual y lo mundano, el individuo y la comunidad, este mundo y el otro.



El cambio que Jesús anuncia y pide ha de cambiar al hombre entero. Supone una modificación sustancial de los modos de pensar y de hacer, en dirección a Dios. Lo que pide es una verdadera revolución interior que se plasme en toda la vida concreta de cada hombre. No es un simple calorcillo interior, no es algo puramente sentimental: tampoco son algunos actos externos diferentes. Es un dirigir el alma en otra dirección. Y por eso toda conversión implica ruptura con lo que se es, guerra con nuestro propio pasado. Una nueva disponibilidad para las exigencias de Jesús. Literalmente un nuevo nacimiento como decía Jesús. En este mundo y en el otro.



Por lo anterior, es grave la falsificación de quienes reducen el reino de los cielos a algo que empezará… en los cielos, después de la muerte, en el mas allá. Es un reino de Dios que, para Jesús es algo que ya está en marcha entre nosotros, aquí, aquí en este mundo.




Es por ello completamente falsa la idea de que un seguidor de Cristo ha de pasarse esta vida haciendo méritos en este mundo, para poder algún día, tras su muerte, ingresar en el reino de los cielos. No, este mundo no es solo la espera de ese reino de los cielos. Ni tampoco es el reino de Dios mismo. Pero sí es el campo de batalla, el solar de construcción de ese reino que viene del mismo Dios a la tierra.





Es un Reino para el individuo y la comunidad.



Jesús llama al individuo y a la comunidad. O, si se prefiere, llama al individuo para que viva su conversión en comunidad. A fin de cuentas toda conversión es una decisión asumida personalísimamente, con una responsabilidad intransferible, que empieza siempre en el individuo aunque no termine en él.



Hoy es más urgente que nunca repetirlo; sólo un mundo de hombres cambiados será un mundo cambiado; sólo una comunidad de hombres renovados será una comunidad nueva. Y hay que recordarlo especialmente porque hoy el gran riesgo es el de limitarse a gritar que el mundo debe cambiar. Así es como hoy, se pregona la libertad sin respetar la de los que piensan de manera distinta; se aspira a la verdad de mañana con las mentiras de hoy, se denuncia en los demás lo que se tolera en uno mismo; se habla mucho de la paja en el ojo social, olvidando la viga en el personal.



No, no fue esa la predicación de Jesús: su reino esta dentro de nosotros, no encerrado sino abierto a toda la realidad, pero sabiendo que la tierra donde el Reino comienza a germinar es la del propio corazón de quién escucha. El reino de Dios en el mundo empezará cuando cada uno comience por barrer la puerta de su propio jardín; el amor en la tierra crecerá si aumenta en mí; no nacerá la alegría en un universo de hombres avinagrados; no habrá verdadera revolución de la realidad con revolucionarios mediocres.




Es claro que no se trata de un cambio personal para la autosatisfacción o para convertir el alma en una despensa de virtudes. Es el mundo entero el que debe ser cambiado, por que es cierto que una sociedad corrompida e injusta hace casi imposible el cambio de la mayoría. Este planteamiento de Jesús es muy ambicioso, Cristo no viene a liberar a unos cuantos o a una parcela de la realidad. Quiere cambiarlo todo.



Jesús aspira a una liberación de todo mal, de todo pecado. No acepta una sociedad dividida en clases de opresores y oprimidos y aspira a un reino de justicia donde los derechos de todos –los de los pobres y débiles en primer lugar- sean íntegramente respetados. Pero no olvida que se trata de mucho más: de un cambio radical en las relaciones entre los hombres, donde el servicio mutuo substituya al egoísmo y al dominio; donde se respete toda vida; donde el amor no se vea esclavizado por el sexo; donde reine la libertad, tanto exterior como interior; donde sean derribados todos los ídolos de este mundo y se reimplante la soberanía de Dios en los corazones y en la vida social.





Es un Reino para el Hombre.



Si el Dios del Reino es un “Dios para el hombre”, es claro que el reino de Dios es un “Reino para el hombre”. Importa por ello, subrayar que, en la visión de Jesús, esta nueva soberanía de Dios no es el cambio de una tiranía por otra, un dejar la esclavitud del pecado para pasar a ser esclavos de Dios.



Jesús no viene a rebajar al hombre, sino a volverlo más hombre. No a esclavizarlo, sino a darle libertad. Según Jesús, sólo cuando el hombre acepta a Dios como único Señor y lo acoge como origen y centro de referencia de toda su existencia, puede el hombre alcanzar su verdadera medida y dignidad. Sólo desde Dios descubre el hombre sus verdaderos límites y la grandeza de su destino. Sí, el hombre en el Reino es más hombre. Y encerrado y limitado a sí mismo no se vuelve más libre, sino menos hombre.






Es un reino “difícil de alcanzar” pero cercano.



Pero ¿todo esto no es un sueño, una utopía imposible? Sí, hay que decirlo sin rodeos: lo que Jesús propone como proyecto y tarea es algo que entonces parecía y aún hoy parece inalcanzable. No algo imposible, pero si algo que, aún reunidas todas las fuerzas de todos los cristianos de todos los tiempos, sólo muy trabajosamente se irá abriendo paso en la historia y en la realidad.



Las muchas experiencias históricas de más de dos mil años no se han acercado ni de lejos, al proyecto de Jesús. No hemos construido – ni en su totalidad, ni en su mayor parte- todavía el reino de Dios.



Así, el reino de Dios es algo, a la vez, posible e inalcanzable, como una meta que corriera delante de nosotros. Cuanto más nos acerquemos a él, tanto mejor veremos cuán lejos de él estamos aún. Porque cuando hayamos cambiado el mundo, tendremos que cambiar el mundo cambiado.



Ese reino está aún en el horizonte de nuestra esperanza. Y no lo encontraremos volviendo atrás los ojos de la nostalgia, sino aportando nuestras manos para “tirar” de ese futuro que sigue estando lejos y acercándose.



Este mensaje de Jesús de suma urgencia y ambivalencia es el eje de su pensamiento. Todas sus palabras, toda su conducta son las de alguien que se siente invadido por una gozosa y conmovedora realidad: el reino de Dios es algo que ya está irrumpiendo en la vida de los hombres. Él no es sólo un anuncio, un presagio, una promesa, una esperanza. Es ya una realidad naciente, germinante. Todas sus parábolas subrayan esta venida como un proceso en marcha.




Y ésta es la gran buena nueva de Jesús: todo mejorará; la muerte no tendrá la última palabra; el mal será derrotado; al final, Dios se impondrá en la lucha de la historia; la humanidad tiene una meta; quienes colaboren con ese combate obtendrán la liberación y la victoria. Esta es su gran noticia.



Y más que una noticia, un inicio. Porque el Reino ha comenzado con él, en sus milagros, en su propia resurrección. Con Jesús y en Jesús se realiza por primera vez ese hombre nuevo y se nos concede la posibilidad de saber lo que el hombre es y, sobre todo, lo que puede llegar a ser. Porque Jesús nos descubre que, la esencia del hombre no está en lo que es, sino en lo que está llamado a ser.



¿Cuál la sustancia del mensaje de Jesús? Jesús no habla de sí mismo, no habla tampoco de la iglesia. Jesús no se coloca a sí mismo en el primer plano, se repliega tras la causa que el defiende. ¿Su causa? Se puede resumir en pocas palabras: es la causa de Dios, él lo resume en una frase: ha concluido el tiempo de espera. Se acerca el reino de Dios. Convertíos.



Al elegir la fórmula “Reino de Dios” Jesús sabía que sólo con ese lenguaje podía lograr que sus contemporáneos le entendiesen pues tenían mucho tiempo esperando la llegada del Mesías que los liberara. Solo que los judíos esperaban una liberación puramente nacionalista y Jesús trajo otra infinitamente más grande y universal. Tal vez por ello desilusionó a sus contemporáneos: porque les traía mucho más de lo que ellos se habían atrevido a soñar.



Así, todo su mensaje está subordinado a la idea del Reino de Dios y todo adquiere su unidad, su verdadero significado y su fuerza apasionante desde la realidad de este Reino.



Esta idea del Reino de Dios es el núcleo central de toda su predicación, la convicción más profunda, la pasión que anima toda su vida, el eje de su actividad y si no comprendemos su contenido y no descubrimos la fuerza y el atractivo de su llamada, corremos el peligro de no comprender gran cosa de Jesús.






Pero, ¿Qué es el Reino de Dios?





Es un nuevo orden de cosas.



Es mucho más que un reino plantado en medio del mundo de los hombres.



Se trata de un cambio en el hombre, en todo el hombre. Y no solo en el “modo” de vivir de los hombres, sino de un cambio en el “ser” del hombre, unas nuevas raíces, una nueva orientación de todo su ser, una nueva historia, una nueva realidad y no una simple nueva apariencia o un nuevo sentido solamente. Jesús no viene a “mejorar” al hombre, viene a “crear” un nuevo tipo de hombre y de mundo, un hombre regido por distintos valores, un mundo apoyado sobre columnas distintas de las que hoy le sostienen.



En este sentido Jesús predica algo subversivo, revolucionario: porque viene a destruir todo un orden de valores y anuncia un orden nuevo. Nunca jamás se predicó revolución como ésta.




¿Y qué abarca esta revolución? Lo abarca todo. Abarca el interior y el exterior, lo espiritual y lo mundano, el individuo y la comunidad, este mundo y el otro.



El cambio que Jesús anuncia y pide ha de cambiar al hombre entero. Supone una modificación sustancial de los modos de pensar y de hacer, en dirección a Dios. Lo que pide es una verdadera revolución interior que se plasme en toda la vida concreta de cada hombre. No es un simple calorcillo interior, no es algo puramente sentimental: tampoco son algunos actos externos diferentes. Es un dirigir el alma en otra dirección. Y por eso toda conversión implica ruptura con lo que se es, guerra con nuestro propio pasado. Una nueva disponibilidad para las exigencias de Jesús. Literalmente un nuevo nacimiento como decía Jesús. En este mundo y en el otro.



Por lo anterior, es grave la falsificación de quienes reducen el reino de los cielos a algo que empezará… en los cielos, después de la muerte, en el mas allá. Es un reino de Dios que, para Jesús es algo que ya está en marcha entre nosotros, aquí, aquí en este mundo.



Es por ello completamente falsa la idea de que un seguidor de Cristo ha de pasarse esta vida haciendo méritos en este mundo, para poder algún día, tras su muerte, ingresar en el reino de los cielos. No, este mundo no es solo la espera de ese reino de los cielos. Ni tampoco es el reino de Dios mismo. Pero sí es el campo de batalla, el solar de construcción de ese reino que viene del mismo Dios a la tierra.





Es un Reino para el individuo y la comunidad.




Jesús llama al individuo y a la comunidad. O, si se prefiere, llama al individuo para que viva su conversión en comunidad. A fin de cuentas toda conversión es una decisión asumida personalísimamente, con una responsabilidad intransferible, que empieza siempre en el individuo aunque no termine en él.



Hoy es más urgente que nunca repetirlo; sólo un mundo de hombres cambiados será un mundo cambiado; sólo una comunidad de hombres renovados será una comunidad nueva. Y hay que recordarlo especialmente porque hoy el gran riesgo es el de limitarse a gritar que el mundo debe cambiar. Así es como hoy, se pregona la libertad sin respetar la de los que piensan de manera distinta; se aspira a la verdad de mañana con las mentiras de hoy, se denuncia en los demás lo que se tolera en uno mismo; se habla mucho de la paja en el ojo social, olvidando la viga en el personal.



No, no fue esa la predicación de Jesús: su reino esta dentro de nosotros, no encerrado sino abierto a toda la realidad, pero sabiendo que la tierra donde el Reino comienza a germinar es la del propio corazón de quién escucha. El reino de Dios en el mundo empezará cuando cada uno comience por barrer la puerta de su propio jardín; el amor en la tierra crecerá si aumenta en mí; no nacerá la alegría en un universo de hombres avinagrados; no habrá verdadera revolución de la realidad con revolucionarios mediocres.



Es claro que no se trata de un cambio personal para la autosatisfacción o para convertir el alma en una despensa de virtudes. Es el mundo entero el que debe ser cambiado, por que es cierto que una sociedad corrompida e injusta hace casi imposible el cambio de la mayoría. Este planteamiento de Jesús es muy ambicioso, Cristo no viene a liberar a unos cuantos o a una parcela de la realidad. Quiere cambiarlo todo.



Jesús aspira a una liberación de todo mal, de todo pecado. No acepta una sociedad dividida en clases de opresores y oprimidos y aspira a un reino de justicia donde los derechos de todos –los de los pobres y débiles en primer lugar- sean íntegramente respetados. Pero no olvida que se trata de mucho más: de un cambio radical en las relaciones entre los hombres, donde el servicio mutuo substituya al egoísmo y al dominio; donde se respete toda vida; donde el amor no se vea esclavizado por el sexo; donde reine la libertad, tanto exterior como interior; donde sean derribados todos los ídolos de este mundo y se reimplante la soberanía de Dios en los corazones y en la vida social.





Es un Reino para el Hombre.




Si el Dios del Reino es un “Dios para el hombre”, es claro que el reino de Dios es un “Reino para el hombre”. Importa por ello, subrayar que, en la visión de Jesús, esta nueva soberanía de Dios no es el cambio de una tiranía por otra, un dejar la esclavitud del pecado para pasar a ser esclavos de Dios.



Jesús no viene a rebajar al hombre, sino a volverlo más hombre. No a esclavizarlo, sino a darle libertad. Según Jesús, sólo cuando el hombre acepta a Dios como único Señor y lo acoge como origen y centro de referencia de toda su existencia, puede el hombre alcanzar su verdadera medida y dignidad. Sólo desde Dios descubre el hombre sus verdaderos límites y la grandeza de su destino. Sí, el hombre en el Reino es más hombre. Y encerrado y limitado a sí mismo no se vuelve más libre, sino menos hombre.





Es un reino “difícil de alcanzar” pero cercano.



Pero ¿todo esto no es un sueño, una utopía imposible? Sí, hay que decirlo sin rodeos: lo que Jesús propone como proyecto y tarea es algo que entonces parecía y aún hoy parece inalcanzable. No algo imposible, pero si algo que, aún reunidas todas las fuerzas de todos los cristianos de todos los tiempos, sólo muy trabajosamente se irá abriendo paso en la historia y en la realidad.



Las muchas experiencias históricas de más de dos mil años no se han acercado ni de lejos, al proyecto de Jesús. No hemos construido – ni en su totalidad, ni en su mayor parte- todavía el reino de Dios.




Así, el reino de Dios es algo, a la vez, posible e inalcanzable, como una meta que corriera delante de nosotros. Cuanto más nos acerquemos a él, tanto mejor veremos cuán lejos de él estamos aún. Porque cuando hayamos cambiado el mundo, tendremos que cambiar el mundo cambiado.



Ese reino está aún en el horizonte de nuestra esperanza. Y no lo encontraremos volviendo atrás los ojos de la nostalgia, sino aportando nuestras manos para “tirar” de ese futuro que sigue estando lejos y acercándose.



Este mensaje de Jesús de suma urgencia y ambivalencia es el eje de su pensamiento. Todas sus palabras, toda su conducta son las de alguien que se siente invadido por una gozosa y conmovedora realidad: el reino de Dios es algo que ya está irrumpiendo en la vida de los hombres. Él no es sólo un anuncio, un presagio, una promesa, una esperanza. Es ya una realidad naciente, germinante. Todas sus parábolas subrayan esta venida como un proceso en marcha.



Y ésta es la gran buena nueva de Jesús: todo mejorará; la muerte no tendrá la última palabra; el mal será derrotado; al final, Dios se impondrá en la lucha de la historia; la humanidad tiene una meta; quienes colaboren con ese combate obtendrán la liberación y la victoria. Esta es su gran noticia.



Y más que una noticia, un inicio. Porque el Reino ha comenzado con él, en sus milagros, en su propia resurrección. Con Jesús y en Jesús se realiza por primera vez ese hombre nuevo y se nos concede la posibilidad de saber lo que el hombre es y, sobre todo, lo que puede llegar a ser. Porque Jesús nos descubre que, la esencia del hombre no está en lo que es, sino en lo que está llamado a ser.

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