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FOROS: EL CRISTO, INSTRUCTOR DE HUMANIDADES :: Ver tema - Dostoyevsky y Jesús
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Foros de discusión » ESPIRITUALIDAD » Dostoyevsky y Jesús
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Dostoyevsky y Jesús
MensajePublicado: Sat Oct 30, 2004 12:00 pm Responder citando
izaza
Miembro
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Registrado: Sep 11, 2004
Mensajes: 61
Ubicación: México








Fedor Dostoyevsky ha escrito una de las más bellas y terribles páginas de la literatura contemporánea. Es aquella en la que Cristo, vuelto a la tierra en el siglo XVI, se encuentra en Sevilla con el gran inquisidor. Jesús ha llegado al mundo en silencio, sin anunciarse y el pueblo enseguida le reconoce.

El pueblo se siente atraído hacia él por una fuerza irresistible, se aglomera a su lado, le rodea y le sigue. El avanza en medio de las gentes, sonriéndoles con piedad infinita. El sol del amor arde en su corazón, sus ojos irradian luz y virtud que se vierte en los corazones, moviéndolos a un amor mutuo. Levanta sus manos para bendecir a las multitudes y de su cuerpo y de sus mismas vestiduras se desprende una virtud que cura al solo contacto. Un viejo ciego lo ve. La muchedumbre llora y besa las huellas de sus pies, los niños siembran de flores su camino, cantando y gritando “¡Es él! ¡Ha de ser él, no puede ser sino él!”.


Es entonces cuando aparece el gran inquisidor, un anciano de noventa años, alto, envarado, de rostro pálido y ojos sumisos, que despiden chispas de inteligencia que la senectud no ha extinguido. Al ver a Cristo su rostro se nubla, frunce sus espesas cejas, brilla en sus ojos un fuego siniestro y, señalándole con el dedo, ordena a la guardia que lo detengan.


¿Por qué has venido a estorbarnos?, pregunta el inquisidor cuando tiene al hombre delante. Y, ante su silencio, el inquisidor acusa a Cristo de haberse equivocado dando a los hombres libertad, en lugar del pan que los hombres le pedían. En rigor, dice, tenía razón el tentador. Te dispones a ir por el mundo y piensas llevar las manos vacías, vas solo con la promesa de una libertad que los hombres no pueden comprender en su sencillez y en su natural desenfreno; que les amedrenta, pues nada ha habido jamás tan insoportable para el individuo y la sociedad como la libertad.


¿Ves esas piedras? Conviértelas en panes y la humanidad correrá tras de ti como un rebaño agradecido y sumiso, temblando de miedo a que retires tu mano y les niegues la comida. Decidiéndote por el pan, hubieras satisfecho el general y sempiterno deseo de la humanidad que busca alguien a quien adorar, porque nada hay que agite más a los hombres que el afán constante de encontrar a quién rendir adoración mientras son libres.


Tú olvidaste que el hombre prefiere la paz y aún la muerte a la libertad de elegir. Nada le seduce tanto como la libertad de conciencia, pero tampoco le proporciona nada mayores torturas. Y tú, en vez de apoderarte de su libertad, se la aumentaste, sobrecargando el reino espiritual de la humanidad de nuevos dolores perdurables. Quisiste que el hombre te amase libremente, que te siguiera libremente, seducido, cautivado por ti; desprendido de la dura ley antigua, el hombre, debía, en adelante, decidir por sí mismo en su corazón libre entre el bien y el mal, sin otra guía que tu imagen.


¿No sabías que acabará por rechazar tu imagen y tu doctrina, cansado, aniquilado bajo el pesado fardo del libre albedrío? ¡El hombre es más bajo y más vil por naturaleza de lo que tú creías! Mañana verás como, a una indicación mía, se apresura ese dócil rebaño a atizar la fogata en que arderás por haber venido a estorbarnos.


En esta escena imaginada, Dostoyevsky pone el dedo en una llaga terrible: ¿Por qué esas multitudes que tan fácilmente se entusiasman con Jesús, en realidad no le comprenden ni le siguen y terminan conduciéndole a la muerte o aceptándola, al menos? ¿Por qué atravesó la historia sin que los “inteligentes” se enteraran? ¿Fue sólo un error de los hombres de aquel momento, fue una culpa del pueblo judío en la que no hubieran incurrido otros pueblos? ¿O es que el hombre tiene el corazón demasiado pequeño o que él señaló metas excesivamente altas? ¿Es cierto que el hombre es más bajo y vil de lo que él se imaginaba?


Sus contemporáneos no le entendieron porque era Dios. Y le rechazaron precisamente porque era Dios. Es doloroso decir y reconocer esto, pero la historia del mundo está abarrotada de ese rechazo. El hombre odia todo lo que le excede. Hay algo oscuro en la raza humana que la hace soñar “que es como Dios” y termina empujándola a aplastarle cuando en la realidad comprueba cual pequeña es a su lado.


Graham Greene lo expresa con palabras certeras y terribles: Dios nos gusta… de lejos, como el sol, cuando podemos disfrutar de su calor y esquivar su quemadura.


Por eso es querida la religiosidad bien empapada de azúcar, bien embadurnada de sentimentalismo. Por eso están vacíos los caminos de la santidad. Por eso, cuando Dios se nos mete en casa, nos quema. Por eso le matamos, sin querer comprenderle, cuando hizo la “locura” de venir a la tierra a acercarse a nosotros.


Por eso empezamos condenándole a la soledad mientras vivió. ¿Cómo hubieran podido sus contemporáneos –sin la luz de su resurrección y la fuerza del Espíritu- comprender que aquel hombre, que vivía y respiraba como ellos, fuera también en realidad el mismo Dios?


¿Cómo podríamos acusar a sus contemporáneos de ceguera y sordera quienes, hoy, veinte siglos más tarde, decimos creer en él y… seguimos tan lejos de entenderle, tan infinitamente lejos?


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Dostoyevsky y Jesús
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